Arxiu de December 2005

Este es el título (según traducción) del último libro de Terry Pratchett que he leído, y van 12. Es un libro en el que no aparecen magos (ni tan siquiera El Bibliotecario) ni brujas. Incluso LA MUERTE aparece poco.

El protagonista es un joven llamado Teppic, hijo del faraón de Djelibeyi, un lugar donde nada ha cambiado en 7000 años. Teppic decide ir a Ankh-Morpork para entrar en el Gremio de Asesinos. Más tarde debe volver para ser el nuevo faraón y encargarse de la construcción de la pirámide de su padre.

Y con el humor mezclado con una pizca de psicodelia natural de Pratchett, nos encontramos con que todo lo que ha durado tanto tiempo acaba cambiando. Por supuesto, no cambia de la manera más fácil. Para que todo esto ocurra, un buen número de personajes (los embalsamadores, los constructores de pirámides, el mejor matemático del Mundodisco, etc…) aparecerá en escena y dejarán vivir tranquilos un ratito.

Un libro de Mundodisco diferente a los típicos (por lo menos de los que yo he leído) que nos entretendrá y nos mantendrá intrigados pensando en que diablos está pasando. Aunque puede que en algún momento se haga un poco largo.

A partir de ahora miraré a los camellos con otros ojos.

Este ha sido el undécimo libro que leo de Pratchett desde que leí Rechicero hace unos tres años. En cierto modo que su protagonista sea el mismo, Rincewind, me hecho recordar bastantes momentos de ese otro libro. Éste también va de magos, y esto lo digo porque algunas veces la temática principal han sido las brujas, Ankh-Morpork, los dioses o LA MUERTE. Aunque esto no quiera decir que no aparezcan las otras temáticas.

Como nos tiene acostumbrado este escritor, el libro tiene varias líneas argumentales que acaban confluyendo. En este caso tenemos a Rincewind en un país que no es Australia aunque “resulta un poquito… australiano”. Y como siempre los problemas le persiguen y él intenta escapar. Por otro lado tenemos a los demás magos en la Universidad Invisible (Ankh-Morpork), con el Archicanciller Ridcully (me encanta este personaje) a la cabeza que intentan curar al Bibliotecario (otro gran personaje) de una especie de “indecisión mórfica”. Pero para ello necesitan saber el nombre del Bibliotecario y el único que puede saberlo es Rincewind.

Bueno, no es el mejor libro de Pratchett, aunque tampoco creo que sea el peor. Me he reído bastante con este libro, a pesar de que la traducción no me parece coherente con algunas de las otras obras de la saga. Si os gusta Pratchett, este libro os lo hará pasar bien. Y si aún no lo conocéis, no sé a que estáis esperando.

Así se titula un libro escrito por Bill Bryson. Un título acertado, ya que realmente habla de montones de cosas científicas. A lo largo del libro descubrimos como han ido evolucionando gran parte de las teorías científicas, así como los propios científicos que participaron o que, simplemente, pasaban por allí.

Poco a poco, o muy rápido según el tema, los típicos nombres que cualquiera mencionaría si le dijeran algo como “Dime el nombre de cinco científicos”. Salen Newton, Einstein, Darwin, Marie Curie, etc… pero, y ahora viene algo interesante, entre otros. Por ejemplo, poca gente conoce (o le suena) James Hutton que, en cierto modo (y a su manera), sentó las bases de la geología moderna. Como dijo una vez mi profesor de Geología de COU: “James Hutton era como un lector de cedés de 250.000 pesetas” (lo dijo en el año 1997, ahora serían deuvedeses de doble capa).

Si algo tiene de divertido el libro es poder conocer las vidas y batallas entre científicos. Una de las más interesantes es la de Gideon Mantell, un médico que se aficionó a la paleontología y que por culpa de esto su mujer le abandonó llevándose a sus hijos, se arruinó y tuvo que vender la mayoría de sus fósiles. Después se fue a Londres donde tuvo un accidente con un carruaje que le dejó encorvado. Y Richard Owen (otro científico, además de cabroncete) eliminó parte de los archivos donde se recogían los descubrimientos de Mantell y se los atribuyó a sí mismo. Mantell se suicidó, y su columna vertebral fue a parar a las manos de… Richard Owen. Luego la columna fue expuesta en el Museo Hunteriano hasta que en la Segunda Guerra Mundial una bomba lo destruyó.

Un ingeniero que más nos valdría habernos ahorrado es Thomas Middley. Una de sus investigaciones para la aplicación de productos químicos en la industria le llevó a añadir plomo a la gasolina. Gracias a esto el plomo en la atmósfera (y no es que el plomo sea precisamente bueno para las personas) se incrementó hasta niveles elevadísimos, hasta los años 80. Por si fuera poco inventó los CFC que, entre otras cosas, destruyen rápidamente la capa de ozono. Middley se quedó paralítico e inventó un aparato para moverlo en la cama, con el que se quedó enredado y murió estrangulado.

Pero eso no es todo, amigos. Este libro, además nos quiere enseñar lo que se sabe y sin necesidad de tener demasiados conocimientos científicos. Y se vuelve terrible cuando nos acercamos a los capítulos en los que habla de la vida. Por un lado nos muestra como de casual, en todos los sentidos, es que nosotros estemos aquí ahora, hasta el punto que me hizo sentir vacío (un sentimiento del tipo “no somos nada”). Y no solo eso, sino que además nos muestra los peligros que nos ofrece el planeta que habitamos. Ahora Yellowstone me da miedo. Sin embargo, lo que podemos decir una vez acabamos de leer el libro es: “Que afortunados somos”.

El libro es interesante, a menudo apasionante y sorprendente, y además didáctico. Las 567 páginas me las leí tan rápido como pude. Vale la pena.