Así se titula un libro escrito por Bill Bryson. Un título acertado, ya que realmente habla de montones de cosas científicas. A lo largo del libro descubrimos como han ido evolucionando gran parte de las teorías científicas, así como los propios científicos que participaron o que, simplemente, pasaban por allí.

Poco a poco, o muy rápido según el tema, los típicos nombres que cualquiera mencionaría si le dijeran algo como “Dime el nombre de cinco científicos”. Salen Newton, Einstein, Darwin, Marie Curie, etc… pero, y ahora viene algo interesante, entre otros. Por ejemplo, poca gente conoce (o le suena) James Hutton que, en cierto modo (y a su manera), sentó las bases de la geología moderna. Como dijo una vez mi profesor de Geología de COU: “James Hutton era como un lector de cedés de 250.000 pesetas” (lo dijo en el año 1997, ahora serían deuvedeses de doble capa).

Si algo tiene de divertido el libro es poder conocer las vidas y batallas entre científicos. Una de las más interesantes es la de Gideon Mantell, un médico que se aficionó a la paleontología y que por culpa de esto su mujer le abandonó llevándose a sus hijos, se arruinó y tuvo que vender la mayoría de sus fósiles. Después se fue a Londres donde tuvo un accidente con un carruaje que le dejó encorvado. Y Richard Owen (otro científico, además de cabroncete) eliminó parte de los archivos donde se recogían los descubrimientos de Mantell y se los atribuyó a sí mismo. Mantell se suicidó, y su columna vertebral fue a parar a las manos de… Richard Owen. Luego la columna fue expuesta en el Museo Hunteriano hasta que en la Segunda Guerra Mundial una bomba lo destruyó.

Un ingeniero que más nos valdría habernos ahorrado es Thomas Middley. Una de sus investigaciones para la aplicación de productos químicos en la industria le llevó a añadir plomo a la gasolina. Gracias a esto el plomo en la atmósfera (y no es que el plomo sea precisamente bueno para las personas) se incrementó hasta niveles elevadísimos, hasta los años 80. Por si fuera poco inventó los CFC que, entre otras cosas, destruyen rápidamente la capa de ozono. Middley se quedó paralítico e inventó un aparato para moverlo en la cama, con el que se quedó enredado y murió estrangulado.

Pero eso no es todo, amigos. Este libro, además nos quiere enseñar lo que se sabe y sin necesidad de tener demasiados conocimientos científicos. Y se vuelve terrible cuando nos acercamos a los capítulos en los que habla de la vida. Por un lado nos muestra como de casual, en todos los sentidos, es que nosotros estemos aquí ahora, hasta el punto que me hizo sentir vacío (un sentimiento del tipo “no somos nada”). Y no solo eso, sino que además nos muestra los peligros que nos ofrece el planeta que habitamos. Ahora Yellowstone me da miedo. Sin embargo, lo que podemos decir una vez acabamos de leer el libro es: “Que afortunados somos”.

El libro es interesante, a menudo apasionante y sorprendente, y además didáctico. Las 567 páginas me las leí tan rápido como pude. Vale la pena.

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