El sueño de la razón es un libro de Juan Miguel Aguilera que, a pesar de compartir apellido conmigo no os recomiendo. Justo lo contrario que su primer libro, La locura de Dios, que me gustó mucho.
Y es una pena, porque la idea sobre la que se fundamenta el libro, así como el enorme trabajo de documentación histórica (por ejemplo alrededor de las teorías sobre la locura de Juana la Loca) que ha realizado el autor me parecen brillantes. Sin embargo, parte de la ejecución y, sobretodo, la edición, desmerecen (lamentablemente) el trabajo del escritor.
Empezamos por la ejecución. Si bien se nota un buen trabajo en lo que se refiere en cuanto a vocabulario, por ejemplo sobre partes de los barcos de la época y demás, las descripciones dejan mucho que desear. A mi entender, el narrador no puede decir que se produjo “un efecto fantástico” y quedarse tan ancho(1), debe explicar el efecto y que el lector piense que es fantástico. En otra parte (página 270), por ejemplo, dice que “contemplaron una escena asombrosa”. Luego la explica y efectivamente lo es, pero al haber dicho justo antes que es “asombrosa” quita a la explicación toda la magia. Y como éstas hay varias más.
Pero lo peor de todo no es culpa del escritor, que repito que ha basado el libro en una buena idea y que se nota su trabajo y dedicación, si no en la edición. La editorial Ediciones Minotauro, que antes se caracterizaba por muy buenas ediciones parece que perdió mucho en cuanto pasó a formar parte del Grupo Planeta. En concreto, de media y a ojo de buen cubero, cada cinco páginas hay un error, que puede ser gramatical u ortográfico. Y esto debería ser inconcebible en un libro por el que te cobran 18 euros en tapa blanda.
A pesar de no recomendarlo, debo decir que puede ser interesante para aquellos que se sientan atraídos por la novela histórica (la de verdad, no la de Dan Brown).
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(1) Alguien podría decir que yo estoy haciendo algo parecido aquí, pero la gran diferencia está en que nadie ha pagado 18 euros por leer este blog y en cambio sí por leer el libro.
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Quan llegeixo un llibre em succeeix, com a mínim, dues coses. Una, me l’imagino com si estigués veient una pel·lícula. Dues, se m’ocorren idees. De vegades me n’ocorre una tercera, com ha succeït amb aquest llibre. I per primer cop, una trenta-setena.
Zero. Farsa, guardonatamb el Premi Ramon Llull 2006 i editat perPlaneta, és el primer, que jo recordi, que llegeixo d’aquestaeditorial (i no és perquè hagi llegit pocs llibres, és perquè Planeta em transmet una sensació de comercialització de la cultura gairebé malaltissa: només interessen els diners, no la cultura) i el primer (sense comptar Verbàlia) d’un escriptor (i moltes altres coses) que duu per nom Màrius.
U. Aquest llibre es pot imaginar com una pel·lícula però això comportaria perdre gran part de la força de la paraula que conté. Si bé això és quelcom que succeeix sovint amb els llibres que es porten al cinema (a excepció, sembla, d’El diari de Bridget Jones), el resultat en llibres com Farsa, on les paraules i la forma s’han escollit deliberadament per a aconseguir que només es puguin apreciar com a lector i no com a espectador, podria ser (i sovint és) nefast. Tanmateix, la història que explica traduïda al llenguatge audiovisual podria continuar tenint força, pel que fa a crítica social i personatges ben definits.
Dos. Ràpidament, quan un llibre m’enganxa, es converteix en una espècie de musa. Moltes vegades les idees que m’inspira podrien considerar-se simplement plagis, d’altres no tenen res a veure amb el que he llegit, simplement el llibre m’ha portat ha un estat creatiu. La majoria de les vegades, però, m’oblido d’aquestes idees. En aquest cas, no sé exactament perquè, se’m va ocórrer d’escriure una crítica “bona”del llibre i una de “dolenta”. Però he abandonat la idea.
Tres. Resulta inevitable per a un escriptor aficionat com jo preguntar-se de tant en tant si escriu bé. És una cosa que em va succeir, per exemple, quan llegia El dios de las pequeñas cosas d’Arundathi Roy o Una mujer difícil de John Irving. I m’ha tornat a succeir ara amb Farsa del verbívor Màrius.Això suposa, per a mi, entrar en un procés d’autocrítica que hauria de portar a una millora d’allò que escric, vaig escriure o que tinc a mitges (potser per por).
Trenta-sis. Encara no acabo d’entendre perquè m’ha vingut al cap la pregunta “sóc un bon lector?” mentre llegia aquest llibre. D’alguna manera, tinc la creença que un lector és algú que llegeix molt i que, a més, llegeix (o ha llegit) clàssics o, senzillament, coneix escriptors dels que mai has sentit parlar-ne però que semblen ser genials. I sobretot recorden perfectament el que han llegit i ho saben interpretar, com aquell que veu un Miró i diu: “Ah! Sí. Fixa’t en això i allò…”. Jo no sóc així. Potser llegeixo de mitja dos o tres llibres al mes, però no sóc així. Em pregunto si sóc un bon lector, però no sé què significa sé un bon lector. Suposo que això em passa per ser rar. Evidentment, sense ser un bon lector no es poden fer bones crítiques de llibres.
Ah! El llibre m’ha agradat.
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Cuando hice el curso “Física y cosmología” como libre elección en la universidad, nos comentaron que Einstein no solo era un genio (aunque se negaba a aceptar las teorías sobre mecánica cuántica) sino que además explicaba sus teorías de una forma muy didáctica, incluso al alcance de no matemáticos ni físicos. Así pues, cuando el otro día me encontré con el libro “Sobre la teoría de la relatividad especial y general” escrito por Einstein, decidí comprármelo y leerlo.
Si bien he jugado con ventaja ya que lo que explica Einstein en el libro ya me lo habían explicado en el curso, debo decir que, efectivamente, se entiende casi todo bastante bien. Y digo casi todo porque, a pesar de que no he tenido problemas con la relatividad especial, al llegar a la relatividad general las cosas se complican mucho. Se complican de tal manera que el punto de partida de los ejemplos es muy difícil de imaginar. Si a esto le añadimos las nulas nociones matemáticas sobre la geometría de Rieman, por ejemplo, que pocos no-matemáticos (y no-físicos) tenemos concluiremos que la lectura debe ser densa. Y lo es, pero es que no se puede explicar de una forma más sencilla. Ni es un libro de Barrio Sésamo, ni Einstein es Super Coco.
Pero lo peor es la edición del libro. Normalmente no me meto en detalles sobre las ediciones, pero resulta que este libro tiene varios errores ortográficos y, aún peor, errores gramaticales que ayudan a que el lector no entienda de qué le están hablando. Es como si el traductor o el editor hubieran pensado algo como “Esto no lo debe de entender nadie” y se han encargado de ello. Por suerte para nosotros no lo suficiente. La editorial es Alianza Editorial.
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Las casualidades hacen que no consiga empezar las sagas por el principio. Por ejemplo, cuando leí una serie de libros de P.C. Doherty cuyo protagonista es un escribano de la corte inglesa del siglo XIII llamado Hugo Corbett no seguí el orden cronológico. Con la saga de Mundodisco de Terry Pratchett me ha pasado lo mismo. Y con los libros sobre Montalbano de Andrea Camilleri me ha vuelto a suceder. En este caso, antes de leer El perro de terracota ya me había leído, en catalán, El lladre de pastissets y Un gir decisiu. Y con Camilleri ha sucedido algo que no es una casualidad sino un milagro: me han gustado unos libros recomendados por mi madre.
Para quien no conozca a Salvo Montalbano les diré que es un comisario de un pueblo siciliano que tiene su propia manera de enfocar las investigaciones y, por su carácter, su propia vida. Así, mezclados con los casos que le toca investigar (o que decide investigar por iniciativa propia) nos encontramos también con las discusiones que mantiene con su novia Livia.
Pero un buen libro no lo es sino tiene buenos personajes. Camilleri, en esta colección, ha creado diversos personajes perfectamente definidos, además del propio Montalbano, como Livia, Catarella o Mimí Augello con lo que la mitad del trabajo ya estaba hecho y con nota. Pero además, ha sabido congeniar todos estos personajes y otros más dentro de una serie de tramas policíacas bien ligadas con lo cual no podemos sino esperar buenas historias.
Y sobre El perro de terracota solo decir que quizá me ha gustado algo menos que los otros dos, aunque no sé si es cosa de la traducción o de la historia misma. En todo caso, me ha servido para conocer un poco más a este personaje, que se dice que es un homenaje a Manuel Vázquez Montalbán (al que se menciona en este libro), y para pasar buenos ratos disfrutando de su lectura.
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Es una pena para todos aquellos que busquen resumen o la relación de personajes para hacer el trabajo del instituto (ya van unos cuantos que llegan a esta página con ese motivo) porque no es eso lo que van a encontrar aquí. ¡Que se lo lean!
Este libro, la verdad, no es una maravilla de la literatura. El autor parece tener miedo de meterse en detalles difíciles de narrar y explica algunas cosas a medias pero eso sí, con grandes palabras. Es decir, que a veces suena muy bonito y poético pero no acaba de decirnos nada. Y, otras veces, es como un intento de dar profundidad a través de personajes que fueron importantes. Pero nada, que no le ha salido bien.
Por otro lado, la historia que narra, y sobretodo el punto de vista desde el que lo hace, es lo que más me ha interesado. Aunque no soy un estudioso de la historia de España (en el momento en que sucede el relato deberíamos decir Reino de Castilla y León & Corona de Aragón y Reino de Granada) siempre me ha atraído. Pero como siempre me la han explicado del lado de los Reyes Católicos me resulta más interesante verlo desde el lado de los vencidos.
Básicamente, el libro nos cuenta la historia de una familia musulmana de cierta importancia en el contexto de lo que fue el final de su tiempo en la península. Encontramos amores prohibidos, conversiones de fe y filosofía que a veces se aguanta por los pelos. El personaje más interesante (y que no es de ficción) es, curiosamente, el católico Cisneros.
Resumiendo: si tienes que hacer un trabajo para el instituto, vas, te lo lees y haces el trabajo, que cosas interesantes también tiene. Sino, hay libros mejores y libros peores.
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Este es el título (según traducción) del último libro de Terry Pratchett que he leído, y van 12. Es un libro en el que no aparecen magos (ni tan siquiera El Bibliotecario) ni brujas. Incluso LA MUERTE aparece poco.
El protagonista es un joven llamado Teppic, hijo del faraón de Djelibeyi, un lugar donde nada ha cambiado en 7000 años. Teppic decide ir a Ankh-Morpork para entrar en el Gremio de Asesinos. Más tarde debe volver para ser el nuevo faraón y encargarse de la construcción de la pirámide de su padre.
Y con el humor mezclado con una pizca de psicodelia natural de Pratchett, nos encontramos con que todo lo que ha durado tanto tiempo acaba cambiando. Por supuesto, no cambia de la manera más fácil. Para que todo esto ocurra, un buen número de personajes (los embalsamadores, los constructores de pirámides, el mejor matemático del Mundodisco, etc…) aparecerá en escena y dejarán vivir tranquilos un ratito.
Un libro de Mundodisco diferente a los típicos (por lo menos de los que yo he leído) que nos entretendrá y nos mantendrá intrigados pensando en que diablos está pasando. Aunque puede que en algún momento se haga un poco largo.
A partir de ahora miraré a los camellos con otros ojos.
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Este ha sido el undécimo libro que leo de Pratchett desde que leí Rechicero hace unos tres años. En cierto modo que su protagonista sea el mismo, Rincewind, me hecho recordar bastantes momentos de ese otro libro. Éste también va de magos, y esto lo digo porque algunas veces la temática principal han sido las brujas, Ankh-Morpork, los dioses o LA MUERTE. Aunque esto no quiera decir que no aparezcan las otras temáticas.
Como nos tiene acostumbrado este escritor, el libro tiene varias líneas argumentales que acaban confluyendo. En este caso tenemos a Rincewind en un país que no es Australia aunque “resulta un poquito… australiano”. Y como siempre los problemas le persiguen y él intenta escapar. Por otro lado tenemos a los demás magos en la Universidad Invisible (Ankh-Morpork), con el Archicanciller Ridcully (me encanta este personaje) a la cabeza que intentan curar al Bibliotecario (otro gran personaje) de una especie de “indecisión mórfica”. Pero para ello necesitan saber el nombre del Bibliotecario y el único que puede saberlo es Rincewind.
Bueno, no es el mejor libro de Pratchett, aunque tampoco creo que sea el peor. Me he reído bastante con este libro, a pesar de que la traducción no me parece coherente con algunas de las otras obras de la saga. Si os gusta Pratchett, este libro os lo hará pasar bien. Y si aún no lo conocéis, no sé a que estáis esperando.
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Así se titula un libro escrito por Bill Bryson. Un título acertado, ya que realmente habla de montones de cosas científicas. A lo largo del libro descubrimos como han ido evolucionando gran parte de las teorías científicas, así como los propios científicos que participaron o que, simplemente, pasaban por allí.
Poco a poco, o muy rápido según el tema, los típicos nombres que cualquiera mencionaría si le dijeran algo como “Dime el nombre de cinco científicos”. Salen Newton, Einstein, Darwin, Marie Curie, etc… pero, y ahora viene algo interesante, entre otros. Por ejemplo, poca gente conoce (o le suena) James Hutton que, en cierto modo (y a su manera), sentó las bases de la geología moderna. Como dijo una vez mi profesor de Geología de COU: “James Hutton era como un lector de cedés de 250.000 pesetas” (lo dijo en el año 1997, ahora serían deuvedeses de doble capa).
Si algo tiene de divertido el libro es poder conocer las vidas y batallas entre científicos. Una de las más interesantes es la de Gideon Mantell, un médico que se aficionó a la paleontología y que por culpa de esto su mujer le abandonó llevándose a sus hijos, se arruinó y tuvo que vender la mayoría de sus fósiles. Después se fue a Londres donde tuvo un accidente con un carruaje que le dejó encorvado. Y Richard Owen (otro científico, además de cabroncete) eliminó parte de los archivos donde se recogían los descubrimientos de Mantell y se los atribuyó a sí mismo. Mantell se suicidó, y su columna vertebral fue a parar a las manos de… Richard Owen. Luego la columna fue expuesta en el Museo Hunteriano hasta que en la Segunda Guerra Mundial una bomba lo destruyó.
Un ingeniero que más nos valdría habernos ahorrado es Thomas Middley. Una de sus investigaciones para la aplicación de productos químicos en la industria le llevó a añadir plomo a la gasolina. Gracias a esto el plomo en la atmósfera (y no es que el plomo sea precisamente bueno para las personas) se incrementó hasta niveles elevadísimos, hasta los años 80. Por si fuera poco inventó los CFC que, entre otras cosas, destruyen rápidamente la capa de ozono. Middley se quedó paralítico e inventó un aparato para moverlo en la cama, con el que se quedó enredado y murió estrangulado.
Pero eso no es todo, amigos. Este libro, además nos quiere enseñar lo que se sabe y sin necesidad de tener demasiados conocimientos científicos. Y se vuelve terrible cuando nos acercamos a los capítulos en los que habla de la vida. Por un lado nos muestra como de casual, en todos los sentidos, es que nosotros estemos aquí ahora, hasta el punto que me hizo sentir vacío (un sentimiento del tipo “no somos nada”). Y no solo eso, sino que además nos muestra los peligros que nos ofrece el planeta que habitamos. Ahora Yellowstone me da miedo. Sin embargo, lo que podemos decir una vez acabamos de leer el libro es: “Que afortunados somos”.
El libro es interesante, a menudo apasionante y sorprendente, y además didáctico. Las 567 páginas me las leí tan rápido como pude. Vale la pena.
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