1
Atardecer en Sumopl
Para el ojo no acostumbrado (en este caso para ningún ojo humano), el atardecer de Sumopl sería algo así como el desplomarse del cielo entre llamaradas de infausta naturaleza y miríadas de torbellinos de tóxicos gases.
Y es que Sumopl, tercer planeta en órbita alrededor de Sirio, es lo más parecido al infierno que uno puede llegar a imaginarse.
Sus calidos mares de ácido fluorhídrico, sus bastos paramos de acero inoxidable, sus apacibles playas de reaccionado férrico… en fin, una estampa que ni el propio Dante podría haber soñado en plasmar en su obra.
Pero lo que para nosotros, seres bípedos de cortas entendederas, puede ser el último lugar de visita en nuestro itinerario por el tártaro, para otros puede ser el paraíso.
Este es el caso de 761, que junto a 213, contempla el atardecer en Sumopl.
Ambos, se encuentran en la casa de 213, cerca de la placida costa de la isla de Tapón. Juntos, comparten la infusión de cloro.
Están celebrando, para los que no lo sepáis, la ceremonia del cloro.
No dicen nada. No son necesarias las palabras, solo contemplan como Sirio se pone tras los codos metálicos de poniente.
761 inspira por sus cuatro orificios los vapores que las sulfurosas brisas le brindan.
Y es que 761 es un bidón de la clase TB3000, blanco como el marfil, grande y viejo.
Los verdes fluorescentes del atardecer evocan en su memoria tiempos pretéritos en que él y su incombustible amigo 213 habían corrido maravillosas aventuras por la basta Sumopl.
En una ocasión, como ahora le venia a la memoria, ambos se unieron al ejercito del gran Shogun Btagua. Fue cuando trataron de anexionarse a los bidones correanos.
Por aquel entonces, 761 y 213 eran dos jóvenes TB1000. Ágiles, fuertes e intrépidos, pero carentes de la sabiduría que ahora poseían.
En este punto hay que aclarar al lector un detalle sobre las distintas razas y castas en el Sumopl feudal. Como hemos dicho, 761 y 213 era dos bidones TB3000, auque de jóvenes eran TB1000. La vida de un bidón esta determinada en función a su género. Los TB, pasan por tres estadios, el de 1000, el de 2000 y el de 3000 (léase juventud, mediana edad y vejez). Eso no quiere decir que todos los bidones cumplieran ese mismo ciclo. Por ejemplo, los TiT, pasaban por mas estadios como el de 750, el de 1000, el de 1500 y el de 2000 (léase juventud, madurez, vejez y bidón inútil).
A parte de estos detalles, ciertos bidones pertenecían a distintas razas. Sin ir más lejos, 761 era ario, mientras que 213 era azul. En la sociedad ultra clasista de Sumopl, no solían mezclarse los bidones de distintas razas entre si, no por racismo como algunos podrían pensar, sino por una cuestión estética. El mestizo nacido de un semental azul con una hembra blanca, sería un bidón lleno de manchas.
Como hemos dicho, el que no se mezclen con fines reproductivos, no quiere decir que no compartan amistad y aficiones.
En fin (y de vuelta a los pensamientos de 761), tenemos a dos jóvenes bidones ávidos de aventuras dispuestos a enrolarse en la mas extravagante expedición punitiva de sus tiempos.
Corría el año de 1592 después de Mx. En la imperial isla de Tapón, el ejército del Shogun Btagua se disponía a invadir la península de Correa.
Las imponentes fuerzas que el Shogun había reunido ascendían a 20000 bidones.
Entre los infantes se encontraban 761 y 213. Ambos eran excelentes arqueros, así como diestros en el manejo de la caladora.
La isla de Tapón no se caracterizaba por poseer buenas embarcaciones, por lo que la travesía hasta la península de Correa provoco múltiples vómitos entre los tripulantes de la flota.
Pero el día llego, y el desembarco se produjo con normalidad. Nadie les esperaba en las férricas costas del sur de Correa.
Así, el ejercito taponés, empezó con los protocolos guerreros. Saquearon varias aldeas, violaron a las bidonas que encontraron (ya fueran jóvenes o ancianas, así lo exige el protocolo militar), y llenaron de potasa cáustica los campos para que no fueran productivos por años.
El rey Txintank, rápidamente organizo la defensa. Tras una suerte de batallas los taponeses tuvieron que retirarse a su isla.
Pero que bien se lo habían pasado, pensaba 761. Habían dejado tras de si a miles de bidones pinchados, deformados e incluso triturados. Si, se lo había pasado en grande.
Encaro su tapón de comprobación a 213 y le dijo:
- ¿Piensas en la muerte, amigo? ¿Crees que todas nuestras vivencias van a perderse con nuestro fenecimiento?
213 volviose para encararse con su anciano amigo. Aquel debate ya lo habían mantenido en otras ocasiones, pero no dudo en exponer de nuevo sus argumentos.
- Del polietileno venimos y al polietileno volvemos. – Dijo 213 – Con nuestra muerte, los rituales de trituración nos devuelven a nuestro estado primigenio. Por todos es sabido que de nuestra antigua composición, nacerán nuevos bidones.
- Lo se. – 761 se recostó como solo un bidón puede recostarse – Pero nuestros restos triturados acabaran mezclándose con los de tantos otros, de modo que no volveremos a renacer tal y como fuimos de jóvenes. Todas nuestras experiencias se perderán en el olvido. O, ¿es que acaso tenemos un alma inmortal que conservara nuestra esencia?
- Somos parte de algo más grande, todos los bidones somos parte del gran montón de plástico. Nuestra existencia aquí, es puramente eventual.
- Pues yo me niego a morir tristemente aquí. - De repente, 761 tuvo una idea - Y creo que se como esquivar el olvido…
213 le miro con la extrañeza propia de un bidón. 761 siempre tenia grandes ideas, pero estas se limitaban al campo de lo mundano, de lo real y tangible. Por un momento 213 creyó que 761 estaba perdiendo la chaveta, pero cuando este le explico su plan, 213 se maravillo. Podía resultar.
2
Don Ramón de la Castaña
Fusil en mano, el noble cacique fabril, se interno por la espesura de los campos cercanos a la fábrica. En aquel ambiente, muchas veces, se confundían cazador y presa. Pero Don Ramón de la Castaña era un hábil cazador, y este safari le iba a generar pingues beneficios, así como una mayor gloria entre los diversos nobles de la sucursal ibérica de, la germana empresa, Protect.
El caracol asomo sus cuernos. Trataba de localizar la procedencia del apetecible aroma a carne humana. Ese fue su último y fatídico error.
Don Ramón había esperado ese momento con suma paciencia, y cuando la cabeza del caracol abandono su guarida portátil, este le propino un certero disparo.
El caracol se desplomo muerto. Con gritos de jubilo, los siervos de maquina, corrieron a recoger el trofeo de su noble amo. Con el esfuerzo conjunto de los cuatro trabajadores, arrastraron el cuerpo inerte del caracol hasta la seguridad del patio vallado de la empresa.
Con gesto de satisfacción, el noble tomo un pellizco de rapé de la adornada cajita que siempre le acompañaba.
De repente, cuando los siervos iban a cruzar la puerta vallada con su pieza, un enorme caracol rojo se abalanzo sobre uno de los portadores.
Como todo el mundo sabe, el caracol es un depredador voraz, rápido y sumamente eficaz. Y los de color rojo, además, son sumamente violentos.
Los otros tres trabajadores, no dudaron en soltar la presa y abandonar a su compañero, cruzando la puerta tan rápido como pudieron.
Los gritos de agonía duraron lo que Don Ramón tardo en cargar su fusil y abrir fuego sobre su desdichado siervo. Le procuro una muerte rápida, algo que el caracol rojo no le habría otorgado.
Este, volvió las antenas hacia Don Ramón, y como un rayo se lanzo a por él.
Don Ramón se mantuvo firme, añadió la pólvora al cañón e introdujo la bala de plomo.
El violento ente de la naturaleza estaba a tan solo unos pocos metros cuando Don Ramón termino de cargar el arma.
Lo que paso a continuación se describiría con un “PUM!”, pero nosotros usaremos una par de frases para alargar el texto.
Imitando a un témpano de hielo, los nervios de Don Ramón se mantenían fríos y firmes.
Alzo el cañón y disparo justo cuando el caracol saltaba sobre el.
Ahora tenía dos piezas para exhibir.
3
761 y el Sr. Urraca
El Sr. Urraca era el único humano en Sumopl. Había llegado allí tras doblar el espacio con su silo del reciclado. No lo habría logrado si en su día no se hubiera visto afectado por las emanaciones de flúor de la planta de Protect.
El Sr. Urraca había encontrado la felicidad en los ponzoñosos campos de Sumopl. Había plantado su silo encima de una colina de acero inoxidable enmohecido. Con el tiempo, había convertido el silo en su casa. Los visillos floreados, los tapetes de punto de cruz y la blanca verja que rodeaba su propiedad ayudaban a conferir al lugar una apacible apariencia hogareña.
Cuando 761 llego al borde de la verja, el Sr. Urraca estaba labrando una porción de residuo bórico para plantar pepinos. Esfuerzo de resultado exiguo, ya que los pepinos gozan de crecer en tierras fértiles con suficientes nitratos y abundante agua. Pero el Sr. Urraca no carecía de fe.
Con un gesto de barbilla que solo un bidón sabe como puede hacerse, 761 saludo al Sr. Urraca.
- A la paz de polietileno - saludo 761 - ¿Como anda la labranza?
- Mal, no hay manera de que los pepinos arraiguen.
761, siempre presto a ayudar le comentó - ¿A probado usted a plantar racores o fotocélulas? Un primo mío del pueblo recogió el año pasado un racor de catorce kilos. Gano el concurso de agricultores de Satsfuma.
- Ya, pero a mí me gustan los pepinos. - El rostro del Sr. Urraca era un drama. Luego, sonrojándose por su falta de tiento, se dirigió a 761 - Debe disculpar mis modales, aquí hablando de la siega del pepino y ni tan siquiera le he ofrecido una tacita de cloro a usted.
- No se disculpe amigo. - Dijo 761 moviendo un asa para quitar hierro al asunto. - Por otro lado, le acepto gustoso la taza de cloro. Podemos tomarla mientras conversamos. Tengo una propuesta que hacerle.
El Sr. Urraca hizo pasar a 761 al jardín. Allí le indico que se sentara en una de las sillas mientras el iba a preparar el cloro.
Al poco, el Sr. Urraca salió con el humeante brebaje listo para servir. Al tiempo que lo escanciaba, le pregunto a su invitado si quería una cucharadita de tripolifosfato (de hecho, tripolifosfato de sodio, pero se le denominaba comúnmente tripoli o tripolifosfato) para endulzar la bebida.
Como buen bebedor de cloro, 761 negó con la cabeza, a lo que el Sr. Urraca asintió con aprobación.
- Se hace raro hallar en estos tiempos que corren a gentes con buen paladar. - Dijo el Sr. Urraca. - Los jóvenes de hoy en día le echan tres y cuatro cucharaditas de tripoli al cloro.
- De ese modo es imposible degustar la bebida. - Asintió 761- Y le mata el aroma.
- Y bien querido 761, ¿que le trae por mi humilde morada? - dijo el Sr. Urraca - Seguro que no ha venido a debatir sobre la preparación del cloro, ¿verdad?
761 sonrió, le caía bien el humano. Era amable, sociable y emitía en radio. Sin duda todo un caballero.
- Estimado Sr. Urraca, he venido en calidad de amigo para pedirle un favor.
- Si esta en mi mano, considérelo hecho. - Exclamo el Sr. Urraca.
- Gracias. Me gustaría pedirle que me llevara a Mundofábrica, en concreto a la sucursal ibérica de Protect.
La expresión del Sr. Urraca se hizo seria de golpe. Hacía mucho que había abandonado aquel triste lugar. Además, si volvía, seguro que le hacían devolver el silo y las fastuosas llaves de cromo-vanadio que conservaba como un tesoro.
- No diga nada todavía. - Dijo 761 - Entiendo perfectamente que para usted no es placentero retornar a tal lugar. De echo no quiero ir por gusto a un paraje tan saturado de oxigeno y nitrógeno. - El gesto de asco se hizo evidente en la placa de 761.
- Entonces, ¿para que quiere ir allí?
761 le contó el plan al Sr. Urraca. Y aunque a este no le hizo mucha gracia la idea, termino aceptando por el apreció que sentía hacia su vecino. Además, podía aprovechar para comprar algo de plantel para pepinos.
4
Bidones, caracoles y pepinos
El cacique Don Ramón se había pasado media mañana para colocar las dos cabezas disecadas de los caracoles en la pared de su oficina. Ahora, cada vez que alguien entrara en su hacienda, podría admirar (e incluso sentirse intimidado) por la fiera mirada de los malogrados y disecados gasterópodos.
Mientras, en la planta, los trabajadores seguían refinando la baba del caracol para venderla a viejas de la nobleza. Es de común conocimiento que la baba de caracol, lejos de ser pringosa y asquerosa, es un bálsamo para el cuerpo, así como un potente afrodisíaco.
La baba se vendía bien, por lo que Don Ramón podía mantener su estatus sin más complicaciones.
De repente, un chirrido precedió a un potente estruendo. Don Ramón se asomo a la ventana que daba al patio y observo, no sin asombro, como el viejo silo del reciclado volvía a casa después de varios años de exilio.
A su alrededor, esas incultas gentes, que son los operarios, se tiraban al suelo y se postraban de rodillas para adorar al silo. Era una práctica común siempre que algo caía del cielo.
Por lo visto, una especie de corriente religiosa de cariz zoroastrista, proclamaba la llegada de un Mesías venido del cielo. Pero los que bajaron del silo eran un bidón y un tipejo que, a todas luces, parecía un mecánico.
Don Ramón tomo su sombrero de tres picos, y bajo al patio.
***
761 miró con aprobación a la veintena de operarios que le rendían culto. Eso era, según pensó, que su fama de conquistador le precedía. Al poco, una figura embutida en un traje ridículo se le acerco.
Aquí, decimos ridículo desde el punto de vista de 761, ya que la moda de los cuellos con flecos y las mallas, no era conocida en Sumopl. Allí gustaban de corretear desnudos por la espesura.
- Buenas tardes - dijo el bidón - Me llamo 761, desearía hablar con el responsable de este paraje.
- Buenas tardes - dijo Don Ramón - Yo soy el responsable, Marqués de la Castaña para servirle a usted.
Don Ramón poso su vista sobre el Sr. Urraca. Aunque algo más hinchado y verde, reconoció la frecuencia de sus emisiones en la banda del uranio.
- Vaya, pero si es el Sr. Urraca. Hacia años que no sabíamos de usted. ¿Conocía el hecho de que debe dos horas a la empresa? El departamento de recursos inhumanos esta que trina. - luego con una sonrisa y una mueca de complicidad dijo - yo de usted no me acercaría a las oficinas.
- De hecho, creo que permaneceré en la cúspide del silo hasta su regreso, 761. - El Sr. Urraca se despidió de Don Ramón y empezó a trepar silo arriba. A medio camino recordó algo y volvió a bajar.
- Er… Don Ramón, ¿Tendría usted a bien darme unos pepinos para plantel?
Con un gesto de la mano, un gesto de esos como desganados o faltos de energía, ya saben, de mano muerta. Vamos el gesto desdeñoso que hace la nobleza con la mano. Pues en fin, a la realización de ese gesto, un par de operarios fueron a por los pepinos.
- Pase usted a mi despacho, allí podremos tratar los negocios que le traen por estos parajes.
Don Ramón indico la dirección, y él y 761 tomaron ese rumbo.
Una vez en el despacho, y tras las trivialidades típicas de las conversaciones triviales (y no tribales), 761 expuso su problema a Don Ramón.
- Por muchos años he vivido, y lo cierto es que no me apetece morir. - Así empezó la alocución de 761 - Llevo estos últimos años tratando de hallar respuesta a la pregunta: ¿Tenemos alma los bidones? ¿Es divino el polietileno? Y sabe una cosa, cada vez certifico con mayor denuedo mi ateismo. Miro hacia atrás y siento pavor por la perdida que supone el futuro. Si tras la muerte no hay nada, en la nada se quedara toda una vida de experiencias, sensaciones y sentimientos.
Y aquí viene mi suplica, usted dispone de un triturador para plástico así como un silo y una maquina extrusora. Le pido que me triture, que recoja el material y lo use para fabricarme de nuevo. Use un molde joven, ya sabe un TB 1000.
- Eso es mucha faena. Además, no hay garantías de que salga bien el invento. Podría morir definitivamente antes de tiempo. Y parece que tiene usted un amplio apego a la vida.
- Asumo el riesgo. Si tengo que perderme, que más da que sea hoy o mañana. Si sale bien la jugada, seré joven de nuevo, y habremos puesto los cimientos de la autentica eternidad.
- De acuerdo. - dijo Don Ramón encendiéndose un puro - Ahora deberíamos tratar el aspecto económico de la cuestión. ¿Que ganó yo?
- Por supuesto, no espero que lo haga gratis. Estoy dispuesto a pagarle, digamos quinientas mil pastillas de plástico.
761 se quedo tan ancho como era. Semejante trato era irrechazable. Aquello era una fortuna, suficiente incluso para comprar un pequeño reino en Sumopl.
-¿Pastillas de plástico? - dijo Don Ramón - ¿Para que quiero yo pastillas de plástico? Mejor me paga en asios. Quinientos mil, igual.
Como siempre que sale algo extraño en la narración, la corto violentamente para explicar al lector el significado de algún concepto poco claro. Se, que haciendo esto, estoy partiendo por la mitad el hilo de la narración, y que posiblemente este usted en tensión por conocer el desenlace de la conversación. No se preocupe, no vale la pena. Ya le digo ahora que acabaran llegando a un acuerdo, así que no se preocupe más por ese tema y deje que le aclare dos conceptos: pastillas de plástico y asios.
La pastilla de plástico es la moneda típica de Sumopl. Una pastilla equivale a mil de las antiguas pesetas. Por otro lado, el asio, es la moneda que entro en circulación en substitución del euro. Como dice el nombre, tras la invasión China de Europa, se estableció el asio como moneda comunitaria. Equivale a una con tres pastillas de plástico, o sea mil trescientas treinta y tres de las antiguas pesetas, algo así como unos ocho euros.
Acordado el acuerdo, Don Ramón estrecho el asa de 761 y quedaron en reunirse al amanecer para proceder con la operación.
5
El experimento
A las seis de la mañana, el silencio imperaba en la planta de Protect. Al poco de que el cuco cantara las horas, la puerta se abrió.
Don Ramón de la Castaña, acompañado de su sequito, entro en la nave.
En cuestión de minutos, las luces iluminaron el pabellón y los operarios se pusieron a trabajar con denuedo.
Se activaron las bombas, se abrieron las llaves de paso, se limpiaron el molino y el silo.
Una vez estuvo todo listo, llego 761. Tranquilamente, se coloco en la plataforma que lo introduciría en el molino.
- Don Ramón - dijo 761 - asegurase que grano alguno se pierda. No permita que restos de otros bidones infecten el triturado. No quiero errores en este punto.
Don Ramón acciono el pulsador de la plataforma. Mientras esta subía, el marques de la Castaña le dirigió estas palabras a 761.
- Nada debéis temer noble amigo. Todas las precauciones se han tomado. Cuando seáis triturado, os trasportaremos grano a grano hasta la tolva de la extrusora. Será, sencillamente perfecto. En menos de una hora, volveréis a la vida con renovada juventud.
761 saludo con el asa.
Fue lo último que hizo, ya que seguidamente cayó en el triturador y fue, literalmente, molido.
Como Don Ramón había prometido, una vez 761 fue triturado, se recogieron los granos uno a uno y se llevaron a la tolva.
Y al fin el momento clave. Con un teatral gesto, Don Ramón acciono el pulsador que debía iniciar el proceso creador.
***
Con una estruendosa pedorrera, el macarrón de plástico empezó a caer del inyector. La fábrica se sumió en el caos. El petardeo constante ya indicaba de sobras que algo iba mal. Fragmentos de porquería aparecían en el macarrón, y este detritus agujereaba el otrora 761.
Al finalizar el proceso, 761 había muerto.
Con un grito de rabia, Don Ramón saco el látigo y empezó a chillar con evidente cabreo:
- ¡¿Quien es el puto subnormal que no ha sacado los churros¹?!
Epílogo
El Sr. Urraca cargo entristecido los restos de su amigo en el silo. Los llevaría a Sumopl para que se le diera digna sepultura. Al final, la búsqueda de la eternidad, había terminado por llevar a 761 a la muerte.
Y todo por unos churros que no habían sido quitados del cabezal.
Maldijo al inútil del Sr. Coraje, quien no tuvo tiempo de sacar los malditos churros en dos semanas.
Sin más ceremonia, se despidió de Don Ramón, y subió al silo.
Una vez montado en el, echo una última mirada a la fabrica y sonrió.
Al menos tenía el plantel para pepinos y no le habían hecho devolver las dos horas que debía.
FIN
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1.- “Los churros” es como se denomina comúnmente, al excedente de plástico que sublima del cabezal cuando este se carga. Si no se retiran con cierta frecuencia, pueden ocasionar problemas, como la producción de carbonilla que contamina el bidón.

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