Sobre los gluglucitos
Dentro de este diminuto mundo que, a su vez, ocupa una diminuta parcela de un diminuto vecindario estelar en una diminuta galaxia, hay muchos seres que, por diminutos, tendemos a creer que no existen. Que cualquiera de ustedes me niegue la existencia de la bacteria o de la ameba. No los vemos a ojo desnudo, pero si los podemos percibir haciendo acopio del debido instrumental científico, como el microscopio.
Así mismo, partículas tan pequeñas (pero tan pequeñas que si se caen se matan) como el quark existen, y para saber de él, hasta el microscopio nos es inútil. Necesitamos de una tecnología mayor. Así pues la pregunta es inevitable, ¿existía el quark antes del acelerador de partículas? ¿o la bacteria antes del microscopio? La respuesta es si, solo que no los veíamos.
Entonces, ¿quien, por no haber visto nunca a un gluglucito, se atrevería a negar semejante sofismo? Que no por pequeño es menos real, y no son pocos los que se han tropezado con tribus enteras en sus continuas peregrinaciones.
El gluglucito es un pariente lejano del gnomo y, por lo tanto, muy dado a la ingeniería. También comparten lazos sanguíneos con los leprechauns irlandeses. Aunque con estos no mantienen buenas relaciones por los continuos timos a los que se ven sometidos los gluglucitos. Se cuenta que venden amuletos fraudulentos con forma de trébol para aprobar oposiciones. Mala gente, pero parientes.
A nivel anatómico, el gluglucito es un ser pequeñito, de palmo/palmo y medio (depende de la mano), de facciones vagamente humanoides, con orejas puntiagudas y de mirada bobalicona. Eso si, de espíritu boyante, siempre anda cantando y bailando como si encontrara un placer especial en todo lo que le rodea.
Pero para su desgracia, ese exceso de felicidad en su cotidianidad, les convierte, a veces, en seres dispersos con una fuerte propensión a la desorientación.
Pero esto tampoco es un gran problema para una civilización que se a convertido en nómada por la fuerza. Se mueve toda la tribu siguiendo la máxima “Perderse todos juntos implica que ninguno se pierda”.
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La tribu de los lagos y la maga
Nuestra historia empieza cerca de los lagos de Ohio (en Ohio, claro). No podemos dar con precisión el lugar exacto donde se encontraban emplazados los gluglucitos aquel día, pero al menos hemos podido situarlos en dicho estado norte americano. Como todos los días andaban de aquí para allá, cantando y dando saltitos entre la hierba y las flores. Al mediodía, como era habitual, la tribu se juntaba para decidir en que ocuparían la tarde. Pero aquel mediodía iba a ser diferente a los anteriores. Mientras el edil Finegan O’gluci hacía el recuento diario de los miembros de su tribu, una figura encapuchada se les acerco.
Era claramente visible para toda la tribu, por la mera razón de que media diez veces lo que el mas alto de ellos. El edil, como responsable de la seguridad de los gluglucitos, tomo la iniciativa y se dirigió a la encapuchada figura.
- ¡Salve! Soy Finegan O’gluci, edil de los gluglucitos de esta tribu. ¿Que te trae por aquí?
- ¡Salve edil! - respondió el encapuchado - Soy la maga de los lagos. Y he venidos a vaticinaros un oráculo.
La tribu empezó a susurrar las palabras “oráculo, oráculo, oh, oh!” Y al poco, como solía pasarles a aquellas gentes, empezaron a componer una base rítmica “ta-ta-ta-chin, pa-chin oh-oh-oráculo”. Unos segundos después, la fiesta se desato con bailes al ritmo del oráculo. La maga, que en sus años de experiencia, había acumulado altos grados de paciencia, espero el momento adecuado para carraspear y atraerse de nuevo la atención.
- Ejem… creo que deberíais escuchar lo que os tengo que decir.
La tribu guardo silencio y deposito toda su atención en la maga.
- ¡Gluglucitos, debéis ir hasta el mar! - dijo la maga. Sus motivos, se los guardo para ella. Sabia de sobras que los gluglucitos no necesitaban motivos para hacer cualquier chorrada. Siempre que tuvieran el acicate adecuado…
- El mar, el mar, oh, oh, el mar… - empezaron a susurrar los gluglucitos. Entonces, uno de ellos inspirado por la magia de la hechicera, empezó a cantar una tonadilla que rápidamente se contagió entre los gluglucitos y los puso, casi como sin quererlo, de camino al mar.
- Somos diez mil gluglucitos, somos diez mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
La maga se quedo observando como tomaban la dirección opuesta al Atlántico… tal vez quisieran ir al Pacifico esta gente. Pero que mas le daba a ella, por fin los había echado de las cercanías de su cabaña. Llevaban meses dando vueltas en circulo y ya se había cansado de tanto canto y parloteo. Esa tarde se prepararía un chocolate caliente y disfrutaría del ocaso.
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El liderazgo de Fineas
Fineas Glogg era, sin duda alguna, un espécimen especial dentro de los gluglucitos. Fineas era el mas viajado. De espíritu aventurero, había recorrido en su juventud infinidad de kilómetros por el mero placer de conocer lugares y gentes nuevas. Entre los gluglucitos se le profesaba gran respeto, puesto que hasta el momento, era el único que tras abandonar la tribu, había logrado regresar. Lo que ninguno de ellos llegaba ni a suponer, es que fue la tribu la que, con sus continuos ires y venires, dio con Fines de la forma mas casual.
Por otro lado, Fineas cumplía con el ideal del gluglucito elegante y aristocrático. Siempre vestía un inmaculado traje negro, sombreo bombín y un bastón con cabeza de marfil.
Incluso era elegante en el habla. Siempre que tenia algo importante que decir, primero cargaba su pipa, con el fin de fumar elegantemente mientras hablaba. Generando así, expectación entre las pausas para inhalar el humo.
En aquella ocasión, Fineas sostenía la pipa con aire grave, golpeando ligeramente la base contra su muslo derecho.
- Según mi dilatada experiencia… - pipada, inspiración, espiración y anillos de humo - la mejor manera de llegar al mar consiste en seguir el río.
Los murmullos de aprobación se extendieron entre la tribu.
- Así pues… - pipa crepitante, inspiración placentera y más anillos de humo - ¡debemos buscar un río!
Los aplauso se propagaron como un incendio entre los gluglucitos.
Y la tribu se puso en marcha en busca del río. En aquel lugar había muchos ríos, así que dar con uno de ellos no podía ser muy difícil. Atravesaron un bosque, cruzaron una pradera y de repente vieron un río en la distancia.
-¡Un río! ¡Un río! ¡Vayamos al río! - gritaron a coro.
Los gluglucitos empezaron una desenfrenada carrera hacia el río, saltando y gritando. Tal fue el ímpetu de la carrera, que los primeros en llegar, se vieron arrojados al río por las oleadas de gluglucitos que les seguían. Al menos un millar de gluglucitos acabaron en el río. Muchos de ellos se ahogaron, otros fueron arrastrados por la corriente, sin saberlo, hasta el mar.
La tribu estaba enojada. Habían encontrado el río, pero, al mismo tiempo, habían perdido a mil gluglucitos. Así que el gluglucito cantor, para animar a su congéneres, se puso a cantar de nuevo:
- Somos nueve mil gluglucitos, somos nueve mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
Al poco se le unió la tribu y el animo volvió a estar alto.
El edil se acerco a Fineas para decidir el siguiente movimiento. Habían encontrado el río, pero ¿y ahora?
Fineas saco su bolsita de tabaco y relleno la pipa. Después le prendió fuego y chupo con insistencia hasta que el tabaco empezó a quemarse.
- Ahora debemos seguir el río. - Pipada corta, pipada corta, inspiración, espiración - No se durante cuanto tiempo, pero si lo seguimos hasta el final, llegaremos al mar.
Y así lo hicieron. Siguieron el río. Atravesaron praderas, cruzaron colinas y empezaron a subir una enorme montaña situada en una basta serranía nevada.
La ascensión por el margen del río se hizo cada vez mas dura, el frío iba en aumento y el oxigeno empezaba a escasear.
Pero la tribu no se detuvo. Salvo aquellos que se quedaron atrás muertos por hipotermia.
Fineas estaba turbado. No podía encenderse la pipa con aquel frío extremo. Le dolían las extremidades y no comprendía como podía hacer aquel frío tan cerca de la playa. Poco a poco fue quedándose atrás, hasta que un golpe de viento lo derrumbo en medio de nieve.
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Una de callos y otra de arena
Los gluglucitos estaban perdidos. O lo hubieran estado de no ser por el explorador y escalador sueco, Ingmar Admunsen. Empezó a cargar gluglucitos en su mochila y los traslado al refugio del campo base II.
Al calor del refugio, los gluglucitos supervivientes empezaron a recuperarse. Habían perdido a otros mil gluglucitos, Fineas entre ellos. Pero aunque el animo de los gluglucitos no era el mejor, estaban vivos y cada vez mas cerca del mar.
Así pues, decidieron que pasarían la noche con Ingmar, que les estaba preparando la cena, y a la mañana siguiente les acompañaría hasta el pie de la montaña para que pudieran seguir con su camino.
Tras decidir esto, el animo volvió a crecer, y como prendido por una llama, el gluglucito cantor puso mayor énfasis en su cante esta vez:
- Somos ocho mil gluglucitos, somos ocho mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
A Ingmar le gustaban los gluglucitos. Eran muy alegres, y para él, que siempre andaba subiendo y bajando montañas en solitario, un poco de jovial compañía le vino de perlas. Así que decidió preparar unos callos con morcilla y garbanzos para agasajar a sus invitados.
La cena fue maravillosa, algunos gluglucitos se pusieron tibios a callos, otros cantaron y bailaron para celebrar su buena suerte. Y así paso una linda velada. Pero ya tocaba acostarse, les esperaba un día duro mañana.
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Los gluglucitos comen coles, rábanos y algún repollo. Así que , aunque la intención de Ingmar fuera buena, los estómagos de los gluglucitos no estaban preparados para los callos picantes. Así pues, en mitad de la noche, empezaron a producirse combustiones espontaneas entre los gluglucitos mas glotones. Pequeños fogonazos, algunas explosiones… en fin, que el pánico se apodero de la tribu cuando vieron como varios de sus congéneres estallaban o se incendiaban. Nada pudo hacerse hasta que las digestiones mas pesadas hubieron acabado.
Así fue como mil gluglucitos acabaron calcinados en el campamento base II.
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Zepelín
Siete mil gluglucitos se despidieron de Ingmar en la base de la montaña. Habían recorrido un gran trecho desde que abandonaran los lagos. Habían perdido a tres mil amigos. Pero la esperanza es lo último que se pierde, y decidieron llegar al mar en memoria de los caídos.
Se reunieron el cónclave, como solían hacer a diario, para tratar de hallar la mejor manera de llegar al mar.
La mejor idea fue la propuesta por el ingeniero aeronáutico Hans Van Glugluciten. Según el, dar vueltas por tierra no les reportaría beneficio alguno en su empresa. Lo ideal seria viajar por aire para tener la perspectiva de la altura para identificar la localización del mar.
La idea cuajo entre los gluglucitos y se decidió construir un zepelín para surcar los aires.
Las obras duraron un par de días (los gluglucitos son muy eficientes si trabajan en equipo), tras los cuales el zepelín quedo listo para ser usado.
Hans tomo el mando del vuelo y los gluglucitos se fueron acomodando en el interior de la cabina de pasajeros mientras cantaban a viva voz:
- Somos siete mil gluglucitos, somos siete mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
El despegue se produjo sin mayores incidencias y el zepelín puso rumbo este.
Los observadores controlaban desde el aire como la tierra se alejaba de ellos. Buscando indicios de la presencia del mar por todos lados. Pero no se veía por sitio alguno. Pronto la tierra quedo cubierta por un manto de nubes que les impidió ver nada mas.
Así siguieron el viaje rumbo este sin poder dilucidar la posición del mar.
Dieciocho horas mas tarde, el combustible empezó a flaquear, y seguían sin saber nada del mar. Así que se decidió tomar tierra para repostar.
Desgraciadamente, las condiciones climáticas no eran las mas favorables para dicha operación, y durante el descenso, un rayo impacto en el zepelín. Este se incendio de inmediato y Hans tuvo que maniobrar como pudo para realizar un aterrizaje forzoso. El pánico se adueño de los viajeros y algunos gluglucitos empezaron a saltar del zepelín para no morir chamuscados.
Pero la pericia de Hans logro que los restos del zepelín lograran posarse, entre violentas sacudidas, en tierra firme. La evacuación se hizo de forma desordenada. Muchos gluglucitos murieron pisoteados o quemados en el interior del agónico zepelín.
Al final del periplo, mil gluglucitos habían muerto por estos diversos motivos.
Hans, como capitán del vuelo, decidió hundirse junto a su zepelín (en este caso quemarse). Como los capitanes de otras épocas.
Seis mil gluglucitos se miraron contrariados. Tras dieciocho horas de viaje, el mar no se veía por ningún sitio. Y la tribu iba mermando.
Lo mas gracioso de todo es que habían cruzado el Atlántico sin darse cuenta. ¡Todo un océano!
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Pezuñas
Bonifacio Glumen miraba con admiración las suaves colinas que le rodeaban. Grandes campos de centeno cubrían el suelo hasta donde podía observar… o no… Al fondo parecía que habia una pradera… y alguien que tomaba el sol…
Bonifacio fue de inmediato a dar parte al edil, podían preguntar a aquellas gentes sobre que dirección tomar para ir al mar.
- Seguro que podemos preguntarles a esas amables gentes por la localización del mar - dijo Bonifacio - vestiré mi mejor toga roja y haciendo uso de la diplomacia, sin duda nos pondrán camino del mar mas cercano.
Los gluglucitos aplaudieron con énfasis. Si alguien sabia de relaciones diplomáticas, ese era Bonifacio.
Así pues, seis mil gluglucitos, vestido con la toga roja de la diplomacia (todos los gluglucitos saben que el rojo es el color de la diplomacia por excelencia) se dirigieron a la pradera.
Para animar el paseo, el gluglucito cantor cantó aquella canción que tan bien se sabia ya la tribu:
- Somos seis mil gluglucitos, somos seis mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
Al llegar a la pradera vieron a los habitantes que había mencionado Bonifacio. Eran negros y cornudos. Otros blancos con manchas negras. Pero todos ellos pastaban distraídamente en la pradera.
- Saludos seres cornudos, somos los gluglucitos y buscamos el mar - dijo Bonifacio - y con voluntad de agasajaros y no faltar a la cortesía de las leyes de la hospitalidad, os vamos a interpretar un baile como prueba de amistad.
La vaca más cercana le miro con mirada vacuna mientras mascaba una brizna de hierba.
Bonifacio se puso a bailar y saltar. Haciendo aspavientos y giros.
Los toros alzaron la vista ante tanto jaleo. Y, ciertamente, el baile no obtuvo el resultado esperado. Los toros no son muy amantes del rojo. Y es que todos los vacunos saben que el rojo simboliza la violencia y el insulto, no la buena disposición a la negociación. Pero lo mas grave era que agitaran mantos rojos en sus narices, el mayor y mas impopular de los insultos. Así, en una reacción aprobada por todos los toros presentes, cargaron contra aquellos diminutos seres que pretendían ofenderles.
Cinco mil gluglucitos consiguieron poner suficiente tierra de por medio entre ellos y los sanguinarios toros. Los otros mil, acabaron pisoteados y corneados brutalmente. Bonifacio no entendía nada entre cornada y cornada. Y sin entender nada, se apago su vida.
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El viejo y el mar
Cinco mil gluglucitos deambulaban por tierras desconocidas buscando el mar. Su periplo empezaba a hacerse triste. La mitad de la tribu había perecido en la búsqueda. Así que, cabizbajos, siguieron buscando el mar. Al rato de caminar, encontraron a un viejo sentado en una roca. Se masajeaba los pies desnudos mientras fumaba de su pipa.
Lawrence de Glabia se acerco con animo de preguntar.
- Saludos amable anciano. ¿Podría indicarnos donde encontrar el mar?
- Claro pequeño amigo - dijo el anciano - durante muchos años he sido pescador. Y a diario he salido a faenar con mi barca. No esta muy lejos. Viendo el tamaño de vuestras piernas diría que a un par de jornadas.
- Oh! - dijo Lawrence - Estamos cerca. ¿Como lo distinguiremos?
- Fácil, antes de llegar al mar, tenéis que encontrar la playa. Y la playa la reconoceréis porque es un montón de arena junta.
Y así, los gluglucitos, felices de nuevo empezaron a cantar:
- Somos cinco mil gluglucitos, somos cinco mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
Y se fueron dejando al viejo con sus callosidades. El viejo les grito que iban en dirección opuesta, pero la algarabía del grupo silencio la advertencia.
Lawrence, al frente del grupo, abría la marcha con dirección al mar. Pasaron las dos jornadas, y a estas les sucedieron otras dos. Y el mar no aparecía.
Finalmente, al anochecer de la quinta jornada vieron la playa. La reconocieron porque había un montón de arena junta. La alegría se propago entre la tribu.
Al día siguiente empezaron a cruzar la playa.
Pero esta playa era mas grande de lo previsto, y muy calurosa. Pasaron un par de días entre dunas y arena sin ver el menor indicio del mar. Pronto, el calor y la sed empezaron a hacer mella en los gluglucitos mas débiles. Mil gluglucitos murieron al calor del sol del desierto. Lo ultimo que vieron los vidriosos ojos de Lawrence antes de morir, fueron las patas de un camello.
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Gladiadores
La caravana del esclavista recogió a los gluglucitos que aun respiraban de las arenas del desierto. El mercader de esclavos sonrió ante lo que iba a ser un buen negocio. Cuatro mil gluglucitos para vender en las diferentes ciudades que debía visitar. Los gluglucitos eran seres difíciles de encontrar, y, por esos, estaba seguro que podría sacar un buen precio por ellos.
Cuando la tribu despertó de la inconsciencia, los gluglucitos se dieron cuenta de que estaban encerrados en una jaula. Gluglustaco fue el primero en darse cuenta de que estaban presos por un mercader de esclavos. La situación no era buena, pero el indómito Gluglustaco empezó a planear el modo de liberar a la tribu.
Lo mas importante era estar unidos y mantener la moral alta, así que le pidió al gluglucito cantor que entonar la canción sabida por todos.
Y el gluglucito cantor así lo hizo.
- Somos cuatro mil gluglucitos, somos cuatro mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
La tribu entera canto la canción y pronto los ánimos mejoraron. Momento que aprovecho Gluglustaco para explicar su plan.
- Escuchadme hermanos y hermanas. Cuando lleguemos al próximo poblado, intentaremos escaparnos. Para ello debemos estar unidos y golpear todos a la vez. Unos cuantos crearemos una distracción para atraer la atención del esclavista, momento que el resto debe aprovechar para huir. Los valientes que se queden conmigo, lucharemos por la libertad de la tribu, aunque nos cueste la vida.
Los gluglucitos clamaron excitados ante el discurso de su libertador. Mil fueron los gluglucitos que se ofrecieron voluntarios para la lucha. Los demás, dirigidos por el edil, escaparían y se pondrían a salvo. Una vez a resguardo, mirarían de ayudar a los luchadores.
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La oportunidad no tardo en llegar. Al día siguiente la caravana se planto a las afueras de una ciudad. El mercader dispuso la caravana para que los curiosos se acercaran a ver sus mercancías. Cuando uno de los curiosos le pidió que le mostrara los gluglucitos, este abrió la jaula.
Como una riada, los mil luchadores de Gluglustaco se lanzaron sobre el y empezaron a morderle y pellizcarle. El edil no perdió el tiempo y dirigió al resto hacía la ciudad.
El mercader daba manotazos por todos lados intentando zafarse de los gluglucitos. Estos, eran muchos, pero muy pequeños. Y uno tras otro iban cayendo aplastados por los manotazos del esclavista.
Finalmente, solo Gluglustaco resistía vivo. Pero fue apresado por el mercader.
El mercader, furioso, empezó a estrujarlo con la intención de matarlo. Pero a Gluglustaco aun le quedaron fuerzas para decirle:
- Volveré… y seremos millones.
Y así murieron Gluglustaco y sus mil valientes.
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Neones
El edil y el resto de la tribu entro en la ciudad. Los gluglucitos jamas habían estado antes en una ciudad. Les asombro el bullicio de gente por las calles. Los grandes edificios de hormigón y cristal se les hacían inconcebibles. Ellos estaban acostumbrados al campo y al bosque.
El gluglucito cantor, queriendo animar a la tribu, empezó a cantar aquella canción que dice:
- Somos tres mil gluglucitos, somos tres mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
La tribu se animo con el cántico, pero se quedaron perplejos al ver que los habitantes de la ciudad no les hacían ningún caso.
La gente no se fijaba en ellos, simplemente iban de un sitio a otro a paso rápido, esquivando zapatos y afilados tacones. Los gluglucitos estaban en estado de choc. Y no tardaron en separarse involuntariamente los unos de los otros.
Uno de los grupos que se disperso fue el del edil, que tomo rumbo sur con mil gluglucitos.
El otro grupo, compuesto por dos mil gluglucitos, avanzaba por entre las calles dirección al centro.
Estos se sentían fascinados por los neones que colgaban por todos lados. Las luces lo inundaban todo. En algunas se veían representadas figuras femeninas, en otras letras seguidas por multitud de equis. Tras una breve discusión, mil gluglucitos decidieron entrar en uno de estos antros lumínicamente rotulados.
Casualmente, eran mil gluglucitos macho. Al entrar, encontraron que la iluminación dejaba mucho que desear en comparación a la que ofrecían desde la calle. Pero no se amedrentaron y avanzaron por el oscuro pasillo hasta dar con un puerta. Tras flanquearla, vieron un sillón y un cristal con un cortina. Los mil gluglucitos se distribuyeron por el sillón y esperaron a ver que pasaba.
Cuando se descorrió la cortina, mil gluglucitos murieron por un ataque al corazón. Tantas curvas son peligrosas.
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Mientras, en el exterior, los otros mil gluglucitos, cansados de esperar se fueron adentrando en la ciudad. Pronto vieron lo que les pareció un río, pero no de agua. Centenares de carros, que se movían sin buey alguno que tirara de ellos, iban arriba y abajo como un río de turbulentas aguas.
Al otro lado, vieron al edil y al resto de la tribu que les hacían señas para que se reunieran con ellos.
Contentos por ver a sus amigos, se dispusieron a cruzar mientras cantaban el celebre tema del gluglucito cantor, que por cierto, se encontraba al otro lado junto al edil.
- Somos dos mil gluglucitos, somos dos mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos.
Para asombro de todos, mil gluglucitos cruzaron por la avenida mas importante de la ciudad sin esperar al semáforo. Y, aunque el azar existe, no hay tanto en el mundo como para evitar una masacre por cruzar sin mirar a banda y banda.
Mil gluglucitos fueron pisados, destripados, arroyados y aplastados ante los incredulos ojos del edil y sus mil camaradas.
¡Ahora que hemos encontrado la playa! - pensó el Edil.
Y es que al sur de la ciudad, se encontraba el mar. El cual reconocieron por tener mucha agua y por estar junto a la playa.
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Al fin, el mar.
Los gluglucitos estaban junto a la playa. Al fondo se veía el mar. Pese a todas las penurias pasadas, el objetivo estaba al alcance de la mano. Mil gluglucitos, dirigidos por el Edil Finegan O’gluci, se prepararon para cruzar la playa y llegar al mar.
- ¡Gluglucitos! - dijo el edil - Ahí esta el mar. Vayamos hacia el.
Y todos a la vez corrieron hacia el mar mientras cantaban la siguiente canción:
- Somos mil gluglucitos, somos mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos
La alocada carrera no salió como tenían previsto. La arena se iba tragando a los gluglucitos. A unos antes que a otros. Muchos no llegaron ni a la mitad de la playa. Otros, cubrieron tres cuartas partes del trayecto antes de quedar hundidos en la arena. Finegan O’gluci, se perdió entre la arena a tan solo un par de metros del mar.
Cuando el gluglucito cantor llego a linea de mar, se giró para descansar y esperar al resto de la tribu. Pero cuando se giró, solo vio la arena de la playa.
Comprendiendo el trágico final de su gente, se encaro triste hacía el mar. Solo quedaba él. A él le correspondía ser el estandarte de los caídos y llegar al mar. Un mar que solo estaba a dos pasos de gluglucito.
Así que, tomo aire, y canto a pleno pulmón mientras daba los últimos pasos:
- Soy un gluglucito, soy un gluglucito, ¡Un gluglugluglu…
FIN
A la madre de los gluglucitos, con cariño ;).

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