Caía la sangre por los irregulares peldaños de la pirámide de Tlaloc. El dios del temporal había recibido su pago por la cosecha. El digno pago de un joven bien nutrido y físicamente agraciado.

Ciertamente no era ese su aspecto cuando el sacerdote había mandado traerlo de la aldea. Mas bien mal alimentado, como corresponde a los de las castas inferiores, sin acceso al maíz.

Pero eso había cambiado para él. Un cuenco de maíz en cada comida desde su llegada a la capital, incluso algo de carne el treceavo día de cada mes.

Así, de este modo cebado, el escuálido niño se había convertido en un hermoso presente para los dioses.

El sacerdote alzo la daga de obsidiana, aun chorreante de sangre, y empezó el ensalmo a Tlaloc.

A los pies de la pirámide, las turbas plebeyas de la ciudad seguían, extasiados, el ritmo del ritual. Sumidos en el sopor de las drogas y el frenesí de la sangre.

El sacerdote sonrió ante el éxito de su espectáculo. Solo faltaba un último truco de prestidigitación.

El humo de la pequeña pira oculto al sacerdote de la vista de la plebe. Momento que aprovechó para atravesar corriendo el túnel que conectaba la pirámide de Tlaloc con la de Mitlantecutli.

Al aparecer de nuevo grito las oraciones a los cuatro puntos cardinales, sorprendiendo con su magia a la atónita masa.

Estúpidos, pensó el sacerdote, estúpidos que se sometían y pasaban penalidades. Estúpidos que permitían que las castas nobles y sacerdotales vivieran de su esfuerzo, de su terror. Con tan solo un poco de magia para controlarlos. Como decían los glifos, que solo su casta sabia leer, no existen mas dioses que los que la gente decide crear. Su existencia es tan firme como firme es la fe de sus creyentes. Y esa fe se sustentaba en la magia.

El sacerdote rió de nuevo.

Magia. Ese era el nombre que los ignorantes daban a la ciencia.

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Restaba sentado en una silla de oficina que había visto tiempos mejores. Estaba destartalada y se le salía la espuma por los cien mil descosidos que esta tenia. No era mucho mejor la imagen de su ocupante. Mal afeitado, con ojeras, con una sucia y raída bata que dejaba entrever unos calzoncillos boxer.

Estaba sentado ante la pantalla del ordenador. Tecleando y destecleando una y otra vez frases sin ningún sentido. Al menos, sin ningún sentido que le pareciese destacable.

Era algo así como un protoescritor, que siempre se quedaba en el proto de la escritura. Tenia muchas cosas que decir, pero no sabia como. Quizás se debiera a que nadie parecía querer departir de los temas que el gustaba de filosofar.

Aburría a la gente con sus opiniones y sus disquisiciones. Estas ultimas, eran tan gravemente observadas desde todos los ángulos posibles, que le era imposible determinar una resolución justa. Y, claro, nadie se paraba a observar nada mas allá de su propio punto de vista. Por eso, por lo pronto, lo censuraban a base de bostezos redundantes y prolongados.

Así que, por las noches, se sentaba delante de su ordenador y ejercía su terapia diaria. Tratar de poner en orden sus ideas a través de la escritura. El ordenador, por no tener capacidad de raciocinio, no distinguía entre diversión y hastío, por lo que no debiera de bostezar. Si bien es cierto que, en alguna ocasión, se apagaba o reseteaba. Quien sabe, quizás tuviera algo de positronico en sus circuitos que le conminara a emular un bostezo digital ante las fatigosas parrafadas que recibía a diario.

De vez en cuando, si el ordenador estaba demasiado perezoso para la tarea de aguantarle, abría la ventana de su habitación y salía volando de su cuerpo.

Abandonaba la complicada realidad y se lanzaba a la sencillez de una noche clara y estrellada. Volaba lejos de las nubes de contaminación y del cielo irradiado por las luces eléctricas. Se sentaba en la cumbre mas alta de la primera cordillera que encontraba y simplemente miraba al cielo.

Se quito la bata ya que sentía calor. Y eso le sorprendió. Primero porque volvía a estar en su silla de oficina desvencijada y, segundo, porque sabia que arriba de una cima el clima era frío. Rió con sorna. Su imaginación tampoco funcionaba como debiera.

La pantalla se había apagado. Seguramente el ordenador, cansado de esperar el tecleo del teclado, había decidido echar una cabezadita.

Miraba con ojos vacuos la pantalla, mientras con la mano derecha se masajeaba la bolsa escrotal. Y no lo hacia por libidinosa complacencia, sino por tener la mano ocupada en algo mientras pensaba.

Y es que eso era lo único que se le daba bien. Pensar. Si le pagaran por pensar, sin duda alguna, seria rico. Muy rico. Porque a la hora de pensar hacia horas extraordinarias. Empezaba a pensar muy de mañana, talmente antes de que sonara el despertador. Y seguía pensando mientras desempeñaba otro oficio en el que no se requería discurrir. Luego comía en silencio mientras cavilaba. De este modo, por la tarde, le sobraban unas cuantas horas para seguir elucubrando sus estimaciones.

De hecho, en una ocasión vio un anuncio en un diario que decía “se buscan pensadores”. Tras aceptar el oficio por teléfono, se paso un par de semanas rellenando el comedero de las gallinas en una granja.

En ocasiones se sentía como Zeus a punto de dar a luz de su cabeza. Como si una idea altiva y poderosa estuviera a punto de abrirse paso hacia el exterior de su cráneo. En una ocasión así lo creyó. Un bulto tras su oreja le hizo creer que Atenea estaba por nacer, pero resulto ser un quiste sebáceo.

Por un tiempo estuvo deprimido por este motivo. Llego a creer que todo lo que podía emerger de su cabeza tenia que ser, forzosamente, líquido seroso. Pero, excretadas esas ideas, acabo por pasar el trauma.

Finalmente un día, viendo una película, tuvo una idea.

Se taladró la cabeza.

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Por lo general, este es un blog de relatos y, en ocasiones, de filosofía y poesía. Ya digo, me reservo mi opinión en temas mundanos porque este no es el fin de este relatario. Pero a veces, las circunstancias nos mueven en direcciones, en principio, que no concuerdan con nuestro camino. En esta ocasión, a sido la cólera la que me ha llevado a machacar el teclado contra el blanco del folio digital.

Sí, la cólera. Una de las sietes furias, mas conocida como Ira. Una Ira encolerizada ante los desaguisados de personajillos del tres al cuarto capaces de orinarse con virulencia sobre mas de tres mil años de mitología. Sí, tres mil años de mitología. Porque, pese a que el caso que nos compete tiene que ver con la mitología helenista, también acaban salpicados de ureico fluido los escandinavos y los semitas.

Bien, basta de preámbulos y destapemos el misterio de este articulo. Hoy hablamos de cine. En concreto de la película “Furia de Titanes”.

Como he dicho, con este articulo nos saltamos el objetivo primordial del bloc, que es la elaboración de relatos de ficción y nos tiramos de cabeza en el mundo de la despiadada crítica cinematográfica. Diré que el mundo del celuloide es una de mis grandes pasiones. Así pues, cuando me enteré de que iban a proyectar una película basada en las hazañas de Perseo, entraron en juego dos aspectos mas que atrayentes para mi persona: el cine y la mitología clásica.

Naturalmente, no soy tan ingenuo como para ir dando saltitos de alegría al cine para ver tal película. Conozco la vileza del hombre y se que se pueden hacer autenticas barbaridades con maravillosas ideas. No mas recordé la infame Troya. La mayor abominación cinematográfica que han (¿o debería decir habían?) visto estos mortales ojos en su miserable vida.

¡Poderoso Cronión! ¿Como permites que se difame vuestra memoria de tal modo? ¿Porque oscura razón permitís que tal ingencia de presupuesto y buenos actores caigan en las infames manos de tan burdos guionistas y productores? ¡Padre Zeus! ¿Porque castigasteis al justo Prometeo al destripe de su vientre y a la eterna consunción de sus entrañas mientras permitís que vivan tales aberraciones? ¡Némesi justiciera! ¡Así castigues con colosal furia a los que tratan de destruir el amor que siento por el séptimo arte!

Pero soseguémonos. No debo permitir que Ares eclipse mi prosa con tanta rapidez. Vayamos por partes.

Al saber de la película, sentí esta dicotomía en mi vientre. Una atracción hacia el cine épico y mitológico, y una repulsión hacia el circo miserable de Hollywood. Estuve a punto de no ir. Pero Palas posóse sobre mi hombro derecho y díjome al oído que debía ir a ver la película. Para gozar de ella, si era digna del fabuloso Perseo, o para arremeter con violencia contra sus instigadores si era una burla al Olimpo.

¡Ah Atena de níveos brazos! Como sabias que la violencia se apoderaría de mi tras ver tal insulto. Solo querías prepararme como instrumento de tu venganza, del mismo modo que hiciste con Diomedes a las puertas de Ilión. Siento el refulgir de las llamas en mis venas.

¡Apolo! ¡Certero tirador! Tu que gobiernas las artes ayúdame a no perderme mas en la ira, para que pueda acabar esta narración sin que la congoja me desvíe de nuevo.

Bien, era de noche. Tras dejar tras de mi los placidos brazos de mi dulce santuario, me fui a los cines mas cercanos a mi casa, con la intención de ver la mentada película: “Furia de Titanes”.

Tuve que elegir entre pagar una exageración por ver la película en formato clásico o pagar una barbaridad para verla en tres dimensiones. Pagué por el formato tradicional al no considerar necesario tal extra.

Como ya es un habito, compré dos o tres chupa-chups de limón y de fresa, y me fui a ocupar mi butaca.

Y así empezó la mayor de las tragedias.

El mejor resumen para la película debe ser la formulación que hicieron los guionistas del filme al productor.

Imagino que sucedió así:

- Hola -dicen los guionistas- somos Lawrence Kasdan y Travis Beacham, y nos suda el ojal con tremebunda abundancia. Con dicha fangosa sudoración y esta pluma de cacatúa disecada, hemos escrito este bodrio infumable tras hincharnos a ingentes cantidades de whisky. Trata de un grupo de guerreros del zodiaco que viven en una nube y se dedican a enviar calamares gigantes a un grupo de griegos como los de trescientos. Para darle emoción hemos metido a un grupo de cangrejos gigantes. ¡Y para crear una mayor conglomeración de mierda jamás cagada desde lo alto de un trampolín, hemos pensado en el guaperas cara de cartón de Avatar para el papel de protagonista!

A lo que el productor contesta con un par de preguntas:

- ¿Hay tortas? ¿Se puede adaptar al tresdé? Pues si cambiamos los cangrejos por escorpiones, ¡me lo quedo! -y mientras estrecha la mano de los guionistas dice- Aquí tenéis todo el oro que podáis cargar. Id y que arda Roma.

¡Y por Júpiter que ardió!

Estoy de acuerdo en que una película de aventuras inspirada en un mito griego debe ser adaptada. También entiendo, aunque me disguste, que en aras del lucro se hagan concesiones inverosímiles.

Lo que no acepto es que vendan mierda. Cualquier persona que entre a ver esta película, saldrá pensando que los griegos eran gilipollas, a la par que pensará que también él lo es (A mi me pasó).

Pero hagamos una comparativa de varios puntos de la película con el mito heleno.

En primer lugar un dato, en principio, intrascendente para el filme. El abolengo de Dánae, la madre de Perseo. Dánae no era la esposa de Acrisio, sino su hija. Por lo tanto, los celos no fueron el motivo que animó a Acrisio a tirar a Dánae y al neonato Perseo al mar. El motivo tuvo origen en una profecía que aseguraba que Perseo mataría a Acrisio. Este último, para evitarlo, encerró a su hija para que no tuviera relaciones carnales. Pero Zeus, que era un caradura de cuidado, se coló en la cámara de Dánae en forma de lluvia dorada (sí, sí…). Por mi parte, prefiero la explicación de la lluvia broncínea al incesto encubierto que promueve la película.

En fin, que Acrisio era el abuelo de Perseo. Muy relacionado con este primer gazapo esta que al tirarlos al mar, tanto la madre como el hijo, estaban vivos. Y seguían vivos cuando Dictis los recogió.

Bueno, hasta aquí algo que puede interpretarse como adaptación. En vez de padre, marido. En vez de viva, muerta. No transciende en la narración, de acuerdo.

Pero aquí viene lo bueno, en la película, Acrisio condena a Zeus y este le estampa un rayo. No lo mata pero lo deja deforme. Mas tarde, un Acrisio superhumano, que vive en una fosa séptica, se dedicara a perseguir a Perseo por todos lados, protagonizando espectaculares combates. Al final, paranoia y mito acaban en el mismo punto, con la muerte de Acrisio. Pero no de accidente… bueno, amenos que se considere accidental el apuñalamiento redundante.

Este Acrisio de la película ya me mosqueó. Pero sigamos.

Segundo punto: Hades.

Pobrecito. No tiene bastante con gobernar el inframundo, que ademas los señores Kasdan y Beacham, lo convierten en el malo de la película. Mas tonto que un ladrillo, cojo, encorvado, conspirador… ¡cuando no pinta nada en el mito! ¡Es que ni sale como extra!

En fin, que tiene que haber un malo. Si no, el cine americano no seria americano.

No entraré en detalles sobre Hades, aunque saldrá mentado mas veces durante este articulo.

En tercer lugar: Zeus y los dioses del Olimpo.

Bueno… cojamos aire.

El retrato que hacen de Zeus es para enfadarse mucho. Un carcamal pusilánime, el hazmerreír del filme, mas parecido al dios de la tradición cristiana que a Zeus. Es un dios que ama a los humanos, de talante débil. Pobre de espíritu e incapaz de tomar decisiones. Justo como se ha representado a Zeus desde siempre en la tradición helénica (dicho con mucho sarcasmo).

Para mi, alguien capaz de comerse a su padre, de tirarse a quien le viene en gana porque es dios, de destruir Troya para no tener que oír a su mujer; para mi, ese alguien es un tipo con muy mala uva. Ese es Zeus.

Pero eso no es todo. Veamos a los dioses en conjunto. Paseando encima de una nube y vestidos como los caballeros del zodiaco. No se si recuerdan la serie… vamos, revestidos con armaduras de papel de plata bien abrillantadas. De esas armaduras de placas completas que se usaban en la edad media.

No se porque estúpida suposición siempre he creído que el dioses vestían togas blancas. Quizás Atenea y Ares, a la hora de repartir mamporros, vistieran una cota de cuero y un casco de estilo corintio. Pero armaduras metálicas completas… vamos, no creo. Aunque sí es cierto que son dioses, y a ver quien les dice que no se vistan con lo que quieran.

Cuarto punto: El estúpido leitmotiv de la película.

En el mito heleno, Perseo va a buscar la cabeza de la Gorgona para satisfacer al rey de Sérifos. Cuando vuelve de completar tal gesta se encuentra, por el camino, a Andromeda condenada a ser devorada por el monstruo marino Ceto. Al cual se cepilla Perseo a cambio de la mano de Andromeda.

En la película el motivo es algo mas obtuso. Los humanos se rebelan contra los dioses. Estos deciden castigarlos enviándoles un ultimátum. O sacrifican a Andromeda, o “liberaran al Kraken”…

Ya tenemos el motivo. Solo falta meter a Perseo en el fregado. Y sucede así:

Perseo, que pasaba por ahí con su barca, acaba enfrascado en una aventura consistente en conseguir la cabeza de Medusa para derrotar al Kraken (luego hablamos del Kraken, paciencia). Y acepta tales avatares para demostrar lo muy humano que es y vengarse de Zeus.

Otro detalle interesante es la presencia de Pegaso en todo este jaleo. Imagino que al leer el mito, los guionistas leyeron la palabra de seis letras Pegaso. Así que sin ton ni son metieron un motón de caballos alados pasturando en un prado y decidieron que Perseo fuera de paseo con su jefe, Pegaso.

No haré ningún comentario al respecto. Salvo, quizás, que Pegaso nace del cuello cortado de Medusa. Por lo que resulta imposible que antes de nacer ya estuviera revoloteando por ahí.

Sobre el trabajo de Perseo. Hay que decir que recibió (y aceptó con agrado) de Hermes y de Atenea unas botas aladas y el casco de Hades (vaya, pues parece que en el mito si se le menciona). Sin tal instrumental, no habría podido llegar hasta la Gorgona y sobrevivir a la gesta. Se dice que sí recibió un escudo, con el interior metálico, con el que ayudarse en el asesinato de Medusa.

Otro detalle… o detalles. La aparición de dos seres pertenecientes a otras mitologías en la película.

En primer lugar, los djinn. Los djinn, seres mitológicos de la tradición semita, no pintan un carajo en esta película. Se los sacan de la chistera porque si. Al igual que los escorpiones gigantes.

En segundo lugar, y como tema estrella de la película, el Kraken.

Sí, el Kraken. Ese calamar gigante que hundía los drakkars vikingos, tan propio de la mitología escandinava. Perteneciente a un mar algo mas frío que el Mediterraneo. Pues bien, supongo que cara al imbécil medio, suena mejor Kraken que Ceto. Al fin y al cabo, ¿quien conoce a Ceto? ¿Qué mas da que sea el hijo de Gea y Ponto? ¿Qué importa si era la representación griega de los horrores marinos? ¿A quien le interesa que se debiera a Poseidón y no a Hades?

Supongo que un monstruo escandinavo, hijo de Hades y con muchos tentáculos, es mas adecuado.

Solo me falta mencionar la espada láser que Zeus le regala a su hijo. Talmente parece Luc Skywalker fuera de sitio. Pero ya basta. Es suficiente.

Deberíamos tomar el ejemplo de Stan y Kenny (South Park) e ir a recuperar el dinero de nuestras entradas. Llegando a viajar hasta los hogares de los perpetradores de semejante bazofia.

Bueno, creo que ya he dejado bastante claro que me sentí muy insultado al ver esta película.

En fin, si valora su dinero, no vaya a ver “Furia de Titanes”, porque lo mas probable es que, cuando en el filme liberen al Kraken, usted liberé su esfínter.

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Bibliografía:  “El gran libro de la mitología griega” Robin Hard
Capitulo de SouthPark relacionado: La pasión del judío.

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Sóc un immigrant. Al meu poble natal, la Sereníssima Republicà de Rubí, ja gairebé ningú em recorda. M’escolten l’accent i diuen, tu no ets d’aquí, i si ho eres, ja has perdut els teus drets constitucionals. Quan parles -diuen- s’et nota la llarga estança a les terres del camp de Tarragona. Has canviat el “nen” pel “xec”.

En canvi, a la Immortal Tàrraco sempre seré un pixa-pins. Que si el “haguessi” i el “volguessi”, que si “platjA, fetgA i cotxA”.

Aquestes mostres d’exclusió l’acaben portant a un a integrar-se entre persones amb circumstancies semblants. I així és com hem conformat un guetto amb altres persones de Barcelona, paries de Tarragona o, fins i tot, de Reus.

Reusencs, aquests si que ho tenen malament. L’estigma de ser gantxet és una cosa que no es perdona a la capital de l’Imperi. Em recorda a les guerres de l’odi amb Sant Cugat.

Encara recordo les ràtzies, els atacs furtius en les fredes nits del mes de gener. Quan tothom dormia a Sant Cugat. Com cremàvem les seves fortificacions frontereres, com passàvem per l’espasa a tots el cucufatencs que capturàvem… ah! quins temps aquells. Bevíem vi de les bodegues Rosas per celebrar l’èxit de les incursions.

Però jo sóc un cercador de fortuna, les fredes terres de Rubí se’m van quedar petites. Volia veure el sud. Volia conèixer les civilitzacions de les que havia sentit a parlar. I així va ser. De la mateixa manera en que Conan va abandonar Cimmeria per fer fortuna a les terres del sud, vaig fer jo.

La veritat, és que un cop a Tàrraco, hi han un parell de coses que fan que un vulgui passar-hi un temps. La cuina del Serrallo, el Chartreusse, les palmeres… les vistes…

Sóc al cap damunt de la Rambla Nova, allí on temps ençà hi corria una muralla fins al trencall. Aquí, és on es troba el balcó de la ciutat, el balcó del Mediterrani.

Al meu darrere, en Roger de Llúria contempla impassible el Mare Nostrum. Amb l’anhel als ulls del qui ha dedicat tota la seva vida al mar i es veu obligat a contemplar-lo des de terra. A Rubí no hi ha mar -penso- però dins meu sempre he sentit la seva presencia. M’agrada el mar.

En Roger em convida a mirar l’horitzó, em senyala el camí a Calàbria.

Ric. El gran almirall català va néixer forà de Catalunya. Era un immigrant. És un immigrant a Tarragona, igual que jo.

Ruggerio, Amichi et amic, potser acabi tenint la meva pròpia estàtua al teu costat, així podríem compartir tots dos les cagades dels coloms.

Miro des d’el balcó la part baixa de Tarragona. Contemplo l’Amfiteatre. Em prometo anar-hi de nou a fer-hi una visita. Contemplo les vies del tren, la platja del Miracle. Ah! Jo vivia allí a baix!

Abans de marxar torno a mirar el mar, embadalit. Amb la boca que poc a poc se’m va obrint com a un badoc qualsevol. I toco ferro. El ferro de la barana. Com un bon tarragoní.

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Nota: Cal dir que, l’estàtua a Roger de Llúria, no mira al mar. És una llicencia que em prenc. De fet mira a la Rambla Nova, com convidant a tothom qui passeja a acostar-se al balcó.

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Hi ha quelcom a la terra que ara mateix trepitjo que em desconcerta, a l’hora que m’embadaleix. La terra marronosa i humida d’aquest camp dedicat a la marcialitat. No puc mes que mirar el cinturó petri de dimensions colossals que ombreja el parc dedicat a Mart. Aquí, palplantat a l’ombra dels Escipions.

Per què tothom em pregunta que faig aquí? Potser ningú mes capta l’aura d’aquesta terra?

Voleu una resposta, oi? En canvi, ningú de vosaltres li ha preguntat mai a Octavi perquè va venir a Tarragona. Per què no li pregunteu a ell que li va fer traslladar l’administració de l’imperi a Tàrraco durant la seva estança?

Potser hauríeu de fer com jo i pujar les escales de la catedral. Un cop al cap damunt, enderroqueu (amb els ulls clucs) cada una de les seves pedres, fins que quedi al descobert el temple dedicat a August. Demaneu-li, sempre amb les libacions adequades davant mà, que va trobar a la Tàrraco dels Escipions que l’animes a convertir-la en joia de l’imperi.

M’encamino, sense presses, pel passeig de les muralles, contemplant la torre de l’arquebisbe. Fins que de nou em trobo amb August. I, seguint el seu consell, m’enfilo cap als contraforts de la muralla per veure el que m’envolta.

D’una mirada veig l’Oliva, amb Sant Pere i Sant Pau al capdamunt, a l’altre banda el Llorito i als seus peus el Mèdol. Si encara em giro mes, puc veure el mar.

De nou, amb un esforç d’imaginació, puc veure els camps i boscos cessetans, lliures d’edificis i carreteres.

De ben segur que podria veure-hi el promontori on tenien els ibers el seu poblat. Sempre he volgut pregunta’ls hi pel nom del seu poble… Tinc les meves dubtes de si era Cesse o era Tarracón.

També puc veure al francès baixant cap a la ciutat desprès d’haver arrasat el fortí de l’Oliva. Ah! Puc sentir els canons com tronen…

Però no son canons el que es sent avui en dia, és quelcom mes agradable. Les rialles de les criatures que juguen als peus de les muralles. D’una mirada veig els patis de l’escola que s’aixopluga a l’ombra del trencall i les muralles.

Quina enveja sento, poder somiar amb els ulls oberts. Jugar al ras de dos mil anys de història. Amb la mirada busco a l’arenal alguna carbasseta… He de tancar els ulls de nou.

Però ja n’hi ha prou de somiar. Encara em queda molt per veure, per sentir.

Em despedeixo d’August, dient-li que, per fi, el seu teatre serà cuidat per a la posteritat, encara que no quedin mes que runes a la part baixa.

Tarragona transpira historia mes enllà del que coneixem. Te una bellesa difícil de percebre, la bellesa d’una dona gran. Si un mira amb mirada vulgar, només hi veurà arrugues, carn flonja. Però si un mira als ulls… algú va dir que els ulls són el mirall de l’ànima. Tarragona és bella, encara que hi hagi qui gaudeixi de posar-li lents fosques.

Així doncs, potser és per això que sóc aquí, perquè m’embadaleix la bellesa.

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Diumenge fent Zapping

Vet aquí una vegada, a un barri molt, molt llunyà, que hi vivia un paio de classe mitja. L’Ulisses, doncs aquest era el seu nom, s’acabava d’aixecar de dormir. Eren les quatre de la tarda d’un diumenge qualsevol i l’Ulisses no tenia cap intenció de fer res en absolut. Dedicaria el diumenge a compartir-se entre el llit i el sofà. Ja s’ho havia ben guanyat desprès d’una dura setmana laboral, i, què collons, si el déu dels cristians va fer el dropo el diumenge, qui era ell per posar-ho en entredit.

Així doncs, després de rentar-se la cara i agafar unes magdalenes de la cuina, es va deixar caure al sofà. Va menjar-se les magdalenes mentre feia zapping amb el comandament a distància. La programació dels diumenges, per si hi ha algú que no ho sap, sol ser una merda. Però com la gent està tan petada, no li queda mes remei que mirar-se el que hi ha.

Per fi, l’Ulisses va trobar una pel·lícula que feia mala pinta, això ja era molt, doncs la majoria no feien ni pinta. Va ficar-se la mà a la butxaca del batí i va treure’n el paquet de tabac. Però vet aquí que al obrir-lo aquest estava buit.

Va registrar els calaixos de la casa i va mirar sota els mobles, però no va trobar tabac per enlloc. Així que va començar a fumar-se les tatxes del cendrer. Però ben aviat ja no li en quedaven. Així que va provar a fumar-se els filtres, però ben aviat va desistir.

L’Ulisses era un addicte al tabac, així que ja s’estava fent a la idea que si no baixava a per tabac, la tarde de diumenge seria infernal. I era diumenge, no podia permetre que la falta de nicotina enfonses el seu dia lliure.

Va mirar per la finestra. El bar d’en Paco semblava que estava obert. Així doncs, era clar el que tenia que fer. Però li feia molta mandra canviar-se. Anava amb el pijama i el bati i no volia haver de rentar-se i posar-se ni que fos un xandall.

Vinga! - va pensar - Total el bar del Paco esta aquí al davant, i ja ens coneixem de fa anys, baixaré així mateix.

Dit i fet, va prendre les claus de casa i un bitllet de deu euros i se’n va anar.

.

Diumenge al bar d’en Paco

L’Ulisses va baixar fent ús de l’ascensor. Va mirar-se els peus i va pensar que, com a mínim, tindria que haver-se posat les sabates. Anava amb unes sabatilles d’anar per casa, que eren calentes, però no tenien massa sola. Però tampoc era massa problema, el bar d’en Paco estava a l’altre banda del carrer.

Així que va sortir del bloc de pisos, va mirar a banda i banda, i va creuar el carrer.

De moment no hi havia ningú pels carrers, i això el va animar, tampoc volia guanyar-se una fama de deixat per anar en pijama pel carrer.

En Paco estava prenent-se un cafè mentre es mirava les motos a la tele. Tal i com va sentir obrir-se la porta del seu establiment es va girar.

Quan va veure l’Ulisses, va començar a riure.

- Carai Ulisses - va dir-li - quin pijama més maco.

- Jaja - va riure l’Ulisses - són les noves tendències d’aquesta primavera. Paco, activa la maquina que he de treure tabac.

- Ui Ulisses! Ho sento, però la maquina esta espatllada. Ahir ja no anava, i no compto que vinguin a arreglar-la ja fins demà. Però té home, si vols un piti ja te’l dono jo.

- Gràcies Paco, però necessito un paquet. Que saps que hi ha obert avui?

- Doncs el Pirata no sé si té el bar obert, i a la benzinera ja no en venen… potser al Calypso.

- Uf, però el Calypso esta a prendre pel cul. - l’Ulisses rumiava - Bé, m’aproparé al Pirata, i sino, em sembla que el Lotofac’s Place queda a prop.

- Tu mateix. Ja ens veiem.

L’Ulisses es va acomiadar d’en Paco i va posar-se en camí del Pirata. Això si, va acceptar el cigarret que en Paco li va oferir.

.

Diumenge buscant tabac

La cosa és que el Lotofac’s Place estava tancat. Així que al final va acabar al Pirata. No li agradava massa aquell bar. L’amo era un fill de papa desconsiderat. A més feia com dos d’ell i semblava més un armari que no pas una persona. Així que intentaria entrar discretament, compraria el tabac i marxaria sense fer massa soroll.

Però hi han coses que són inevitables per molt que un s’esforci. Al bar hi havien un parell de paios fent birres i en Poli, o el Pirata, que era com li deien tots.

- Però que tenim aquí? - va dir el Pirata en veure l’Ulisses en pijama - No trobes el llit princesa?

Les rialles van esclatar al bar. L’Ulisses no va voler fer-se mala sang i va tirar pel dret.

- Pirata, posa la màquina en marxa que he de treure tabac.

- Jaja. No preferiries que et fes una xocolata calenteta per abans d’allitar-te. - De nou les rialles van omplir el bar.

- Va collons! - va dir l’Ulisses - No em facis més la punyeta i deixa’m comprar tabac.

- Eh merda seca! - va dir-li el Pirata amb animositat - A mi no em diguis el que puc o no puc fer al meu bar. Si tinc ganes de ficar-me amb tu, ho faré, pallasso! I sinó, el proper cop et vesteixes com una persona normal. Que s’ha de ser ruc per sortir al carrer així!

L’Ulisses ja en va tenir prou. I en un vist i no vist, li va clavar un cop de puny al Pirata.

El Pirata va cagar-se en tot el santoral mentre es tapà l’ull. L’Ulisses va aprofitar per marxar abans que encara es fes més grossa. Però al seu darrera ja sortien els dos amics d’el Pirata a per ell.

El Pirata va buscar el mòbil amb la mà dreta, mentre amb l’esquerra es tapava l’ull de bellut.

- Papa! - va plorar el Pirata pel mòbil - El cabró de l’Ulisses m’ha fotut un cop de puny!

.

Diumenge i perdut

Havia començat a ploure. Per sort, això l’havia ajudat, no a conservar la seva dignitat, però si a evitar als seu perseguidors. Però en la seva desenfrenada carrera, havia acabat a l’altra punta del barri.

Per sort, entre una cosa i l’altra, havia anat a parar a prop del Calypso.

Així que va atansar-s’hi. Ara ja no feia pinta d’algú en pijama fora de lloc. Ara ja semblava algú malalt. Suat, xop, brut i en pijama. Amb el batí pengim penjam i els ulls injectats en sang. També tremolava per l’abstinència. No s’havia pogut fumar el cigarret d’en Paco, i ara se li havia mullat tot.

Va anar cap al Calypso i va entrar-hi. Per sort, només hi havia la cambrera. El mirà i va dubtar de si havia de trucar a la policia.

- Hola - va dir l’Ulisses - vull tabac. Encén la màquina.

La noia va encendre la màquina. Però l’Ulisses ja no pensava que només portava un bitllet, i per tant, necessitava canvi.

Així que va treure el bitllet i li va demanar a la cambrera que li canviés.

Però en aquell moment va entrar l’amo del local. I es van reconèixer mútuament.

- Així que aquí estàs malparit! - va dir l’amo - Ja m’ha dit el meu fill el que li has fet. Deixar-li l’ull així!

L’Ulisses començava a pensar seriosament en deixar de fumar. Primer ha de deixar casa seva, on estava realment còmode, desprès quasi acaba apallissat pels amics del Pirata. I ara, tot xop i fet fàstic, quan ja tenia la caixeta de tabac al davant, l’amo del bar, que no era un altre que el pare del Pirata, s’interposava al seu camí.

- Miri, jo només vull tabac. El seu fill m’ha provocat i m’ha faltat al respecte. Si m’hagués atès amb correcció això no hagués passat.

- Mira carallot - va començar l’amo - aquí no compraràs pas tabac, ni hi prendràs res. Tenim dret d’admissió, així que forà!

L’Ulisses estava derrotat. Va sortir del bar amb el cap baix. No s’havia on més podia trobar tabac. Ja l’última opció era agafar el cotxe i baixar a la ciutat. Però així acabaria de perdre el diumenge anat amunt i avall.

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Diumenge d’esperança

En Paco s’havia quedat sense gel, així que li va demanar a la seva dona, la Contxita, que vigilés el bar mentre anava a la benzinera a comprar un parell de bosses.

Tot pujant per l’avinguda amb el cotxe, va veure a l’Ulisses assagut a la vorera davant del Calypso.

Estava xop i feia mala cara.

- Ulisses! Què coi fas aquí? Acabaràs agafant una grossa!

- No hi ha manera d’agafar tabac. No tinc canvi, i tampoc me’l volen vendre!

- Ummm - va fer en Paco - tinc una idea. Ja et dono jo el canvi, si vols. Llavors pots entrar al bar ràpidament quan no et vegi l’amo i comprar tabac.

- Si, pot funcionar - va dir l’Ulisses - té deu euros, dona’m monedes. La noia ha deixat la màquina encesa… pot funcionar.

En Paco va marxar i va deixar a l’Ulisses amb les monedes i el pla genial.

Ulisses va seleccionar quatre monedes i va guardar la resta. Va mirar pel vidre i va veure que l’amo entrava al lavabo. Aquella era la seva oportunitat.

Va entrar al bar, es va atansar a la màquina i va introduir-hi les monedes. La noia va crida a l’amo en quan el va veure.

Una altra moneda i ja hi serien totes.

L’amo va sortir del lavabo amb la titola encara penjant i fent crits.

Va polsar el tabac que volia.

L’amo ja s’havia guardat la tita i estava agafant un bat de beisbol de darrera de la barra.

El seu tabac, gràcies. Les paraules a la pantalla van donar per completada la transacció. La caixeta de cigarrets va caure al calaix.

L’amo ja tenia el bat en alt.

L’Ulisses va recollir la caixeta, i amb una habilitat innata, va soltar-li una puntada de peu als ous de l’amo.

Mentre aquest estava estès al terra cagant-se en déu, l’Ulisses ja sortia del bar, però encara va tenir un segon per mostrar-li el dit llépol al amo.

.

Diumenge a casa

Finalment, l’Ulisses tenia el tabac. Va baixar corrent per l’avinguda fins arribar a casa. Tot havia passat. Desgraciadament, aquella no era la mena de diumenge que volia passar. De totes formes, eren les set. Podria passar la resta del dia tranquil ara que ja tenia tabac.

Un cop a casa, es va despullar, es va donar un dutxa, i un cop net i amb un pijama polit, va seure davant la tele.

I ara si, va obrir el paquet.

Va encendre’s un cigarret, i va gaudir del fum de la victòria.

FI

Aquest text apareix a Indigents de la literatura com a part de l’exercici 3, per saber-ne més, premeu aquí.

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Sobre los gluglucitos

Dentro de este diminuto mundo que, a su vez, ocupa una diminuta parcela de un diminuto vecindario estelar en una diminuta galaxia, hay muchos seres que, por diminutos, tendemos a creer que no existen. Que cualquiera de ustedes me niegue la existencia de la bacteria o de la ameba. No los vemos a ojo desnudo, pero si los podemos percibir haciendo acopio del debido instrumental científico, como el microscopio.

Así mismo, partículas tan pequeñas (pero tan pequeñas que si se caen se matan) como el quark existen, y para saber de él, hasta el microscopio nos es inútil. Necesitamos de una tecnología mayor. Así pues la pregunta es inevitable, ¿existía el quark antes del acelerador de partículas? ¿o la bacteria antes del microscopio? La respuesta es si, solo que no los veíamos.

Entonces, ¿quien, por no haber visto nunca a un gluglucito, se atrevería a negar semejante sofismo? Que no por pequeño es menos real, y no son pocos los que se han tropezado con tribus enteras en sus continuas peregrinaciones.

El gluglucito es un pariente lejano del gnomo y, por lo tanto, muy dado a la ingeniería. También comparten lazos sanguíneos con los leprechauns irlandeses. Aunque con estos no mantienen buenas relaciones por los continuos timos a los que se ven sometidos los gluglucitos. Se cuenta que venden amuletos fraudulentos con forma de trébol para aprobar oposiciones. Mala gente, pero parientes.

A nivel anatómico, el gluglucito es un ser pequeñito, de palmo/palmo y medio (depende de la mano), de facciones vagamente humanoides, con orejas puntiagudas y de mirada bobalicona. Eso si, de espíritu boyante, siempre anda cantando y bailando como si encontrara un placer especial en todo lo que le rodea.

Pero para su desgracia, ese exceso de felicidad en su cotidianidad, les convierte, a veces, en seres dispersos con una fuerte propensión a la desorientación.

Pero esto tampoco es un gran problema para una civilización que se a convertido en nómada por la fuerza. Se mueve toda la tribu siguiendo la máxima “Perderse todos juntos implica que ninguno se pierda”.

.

La tribu de los lagos y la maga

Nuestra historia empieza cerca de los lagos de Ohio (en Ohio, claro). No podemos dar con precisión el lugar exacto donde se encontraban emplazados los gluglucitos aquel día, pero al menos hemos podido situarlos en dicho estado norte americano. Como todos los días andaban de aquí para allá, cantando y dando saltitos entre la hierba y las flores. Al mediodía, como era habitual, la tribu se juntaba para decidir en que ocuparían la tarde. Pero aquel mediodía iba a ser diferente a los anteriores. Mientras el edil Finegan O’gluci hacía el recuento diario de los miembros de su tribu, una figura encapuchada se les acerco.

Era claramente visible para toda la tribu, por la mera razón de que media diez veces lo que el mas alto de ellos. El edil, como responsable de la seguridad de los gluglucitos, tomo la iniciativa y se dirigió a la encapuchada figura.

- ¡Salve! Soy Finegan O’gluci, edil de los gluglucitos de esta tribu. ¿Que te trae por aquí?

- ¡Salve edil! - respondió el encapuchado - Soy la maga de los lagos. Y he venidos a vaticinaros un oráculo.

La tribu empezó a susurrar las palabras “oráculo, oráculo, oh, oh!” Y al poco, como solía pasarles a aquellas gentes, empezaron a componer una base rítmica “ta-ta-ta-chin, pa-chin oh-oh-oráculo”. Unos segundos después, la fiesta se desato con bailes al ritmo del oráculo. La maga, que en sus años de experiencia, había acumulado altos grados de paciencia, espero el momento adecuado para carraspear y atraerse de nuevo la atención.

- Ejem… creo que deberíais escuchar lo que os tengo que decir.

La tribu guardo silencio y deposito toda su atención en la maga.

- ¡Gluglucitos, debéis ir hasta el mar! - dijo la maga. Sus motivos, se los guardo para ella. Sabia de sobras que los gluglucitos no necesitaban motivos para hacer cualquier chorrada. Siempre que tuvieran el acicate adecuado…

- El mar, el mar, oh, oh, el mar… - empezaron a susurrar los gluglucitos. Entonces, uno de ellos inspirado por la magia de la hechicera, empezó a cantar una tonadilla que rápidamente se contagió entre los gluglucitos y los puso, casi como sin quererlo, de camino al mar.

- Somos diez mil gluglucitos, somos diez mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

La maga se quedo observando como tomaban la dirección opuesta al Atlántico… tal vez quisieran ir al Pacifico esta gente. Pero que mas le daba a ella, por fin los había echado de las cercanías de su cabaña. Llevaban meses dando vueltas en circulo y ya se había cansado de tanto canto y parloteo. Esa tarde se prepararía un chocolate caliente y disfrutaría del ocaso.

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El liderazgo de Fineas

Fineas Glogg era, sin duda alguna, un espécimen especial dentro de los gluglucitos. Fineas era el mas viajado. De espíritu aventurero, había recorrido en su juventud infinidad de kilómetros por el mero placer de conocer lugares y gentes nuevas. Entre los gluglucitos se le profesaba gran respeto, puesto que hasta el momento, era el único que tras abandonar la tribu, había logrado regresar. Lo que ninguno de ellos llegaba ni a suponer, es que fue la tribu la que, con sus continuos ires y venires, dio con Fines de la forma mas casual.

Por otro lado, Fineas cumplía con el ideal del gluglucito elegante y aristocrático. Siempre vestía un inmaculado traje negro, sombreo bombín y un bastón con cabeza de marfil.

Incluso era elegante en el habla. Siempre que tenia algo importante que decir, primero cargaba su pipa, con el fin de fumar elegantemente mientras hablaba. Generando así, expectación entre las pausas para inhalar el humo.

En aquella ocasión, Fineas sostenía la pipa con aire grave, golpeando ligeramente la base contra su muslo derecho.

- Según mi dilatada experiencia… - pipada, inspiración, espiración y anillos de humo - la mejor manera de llegar al mar consiste en seguir el río.

Los murmullos de aprobación se extendieron entre la tribu.

- Así pues… - pipa crepitante, inspiración placentera y más anillos de humo - ¡debemos buscar un río!

Los aplauso se propagaron como un incendio entre los gluglucitos.

Y la tribu se puso en marcha en busca del río. En aquel lugar había muchos ríos, así que dar con uno de ellos no podía ser muy difícil. Atravesaron un bosque, cruzaron una pradera y de repente vieron un río en la distancia.

-¡Un río! ¡Un río! ¡Vayamos al río! - gritaron a coro.

Los gluglucitos empezaron una desenfrenada carrera hacia el río, saltando y gritando. Tal fue el ímpetu de la carrera, que los primeros en llegar, se vieron arrojados al río por las oleadas de gluglucitos que les seguían. Al menos un millar de gluglucitos acabaron en el río. Muchos de ellos se ahogaron, otros fueron arrastrados por la corriente, sin saberlo, hasta el mar.

La tribu estaba enojada. Habían encontrado el río, pero, al mismo tiempo, habían perdido a mil gluglucitos. Así que el gluglucito cantor, para animar a su congéneres, se puso a cantar de nuevo:

- Somos nueve mil gluglucitos, somos nueve mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

Al poco se le unió la tribu y el animo volvió a estar alto.

El edil se acerco a Fineas para decidir el siguiente movimiento. Habían encontrado el río, pero ¿y ahora?

Fineas saco su bolsita de tabaco y relleno la pipa. Después le prendió fuego y chupo con insistencia hasta que el tabaco empezó a quemarse.

- Ahora debemos seguir el río. - Pipada corta, pipada corta, inspiración, espiración - No se durante cuanto tiempo, pero si lo seguimos hasta el final, llegaremos al mar.

Y así lo hicieron. Siguieron el río. Atravesaron praderas, cruzaron colinas y empezaron a subir una enorme montaña situada en una basta serranía nevada.

La ascensión por el margen del río se hizo cada vez mas dura, el frío iba en aumento y el oxigeno empezaba a escasear.

Pero la tribu no se detuvo. Salvo aquellos que se quedaron atrás muertos por hipotermia.

Fineas estaba turbado. No podía encenderse la pipa con aquel frío extremo. Le dolían las extremidades y no comprendía como podía hacer aquel frío tan cerca de la playa. Poco a poco fue quedándose atrás, hasta que un golpe de viento lo derrumbo en medio de nieve.

.

Una de callos y otra de arena

Los gluglucitos estaban perdidos. O lo hubieran estado de no ser por el explorador y escalador sueco, Ingmar Admunsen. Empezó a cargar gluglucitos en su mochila y los traslado al refugio del campo base II.

Al calor del refugio, los gluglucitos supervivientes empezaron a recuperarse. Habían perdido a otros mil gluglucitos, Fineas entre ellos. Pero aunque el animo de los gluglucitos no era el mejor, estaban vivos y cada vez mas cerca del mar.

Así pues, decidieron que pasarían la noche con Ingmar, que les estaba preparando la cena, y a la mañana siguiente les acompañaría hasta el pie de la montaña para que pudieran seguir con su camino.

Tras decidir esto, el animo volvió a crecer, y como prendido por una llama, el gluglucito cantor puso mayor énfasis en su cante esta vez:

- Somos ocho mil gluglucitos, somos ocho mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

A Ingmar le gustaban los gluglucitos. Eran muy alegres, y para él, que siempre andaba subiendo y bajando montañas en solitario, un poco de jovial compañía le vino de perlas. Así que decidió preparar unos callos con morcilla y garbanzos para agasajar a sus invitados.

La cena fue maravillosa, algunos gluglucitos se pusieron tibios a callos, otros cantaron y bailaron para celebrar su buena suerte. Y así paso una linda velada. Pero ya tocaba acostarse, les esperaba un día duro mañana.

*****

Los gluglucitos comen coles, rábanos y algún repollo. Así que , aunque la intención de Ingmar fuera buena, los estómagos de los gluglucitos no estaban preparados para los callos picantes. Así pues, en mitad de la noche, empezaron a producirse combustiones espontaneas entre los gluglucitos mas glotones. Pequeños fogonazos, algunas explosiones… en fin, que el pánico se apodero de la tribu cuando vieron como varios de sus congéneres estallaban o se incendiaban. Nada pudo hacerse hasta que las digestiones mas pesadas hubieron acabado.

Así fue como mil gluglucitos acabaron calcinados en el campamento base II.

.

Zepelín

Siete mil gluglucitos se despidieron de Ingmar en la base de la montaña. Habían recorrido un gran trecho desde que abandonaran los lagos. Habían perdido a tres mil amigos. Pero la esperanza es lo último que se pierde, y decidieron llegar al mar en memoria de los caídos.

Se reunieron el cónclave, como solían hacer a diario, para tratar de hallar la mejor manera de llegar al mar.

La mejor idea fue la propuesta por el ingeniero aeronáutico Hans Van Glugluciten. Según el, dar vueltas por tierra no les reportaría beneficio alguno en su empresa. Lo ideal seria viajar por aire para tener la perspectiva de la altura para identificar la localización del mar.

La idea cuajo entre los gluglucitos y se decidió construir un zepelín para surcar los aires.

Las obras duraron un par de días (los gluglucitos son muy eficientes si trabajan en equipo), tras los cuales el zepelín quedo listo para ser usado.

Hans tomo el mando del vuelo y los gluglucitos se fueron acomodando en el interior de la cabina de pasajeros mientras cantaban a viva voz:

- Somos siete mil gluglucitos, somos siete mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

El despegue se produjo sin mayores incidencias y el zepelín puso rumbo este.

Los observadores controlaban desde el aire como la tierra se alejaba de ellos. Buscando indicios de la presencia del mar por todos lados. Pero no se veía por sitio alguno. Pronto la tierra quedo cubierta por un manto de nubes que les impidió ver nada mas.

Así siguieron el viaje rumbo este sin poder dilucidar la posición del mar.

Dieciocho horas mas tarde, el combustible empezó a flaquear, y seguían sin saber nada del mar. Así que se decidió tomar tierra para repostar.

Desgraciadamente, las condiciones climáticas no eran las mas favorables para dicha operación, y durante el descenso, un rayo impacto en el zepelín. Este se incendio de inmediato y Hans tuvo que maniobrar como pudo para realizar un aterrizaje forzoso. El pánico se adueño de los viajeros y algunos gluglucitos empezaron a saltar del zepelín para no morir chamuscados.

Pero la pericia de Hans logro que los restos del zepelín lograran posarse, entre violentas sacudidas, en tierra firme. La evacuación se hizo de forma desordenada. Muchos gluglucitos murieron pisoteados o quemados en el interior del agónico zepelín.

Al final del periplo, mil gluglucitos habían muerto por estos diversos motivos.

Hans, como capitán del vuelo, decidió hundirse junto a su zepelín (en este caso quemarse). Como los capitanes de otras épocas.

Seis mil gluglucitos se miraron contrariados. Tras dieciocho horas de viaje, el mar no se veía por ningún sitio. Y la tribu iba mermando.

Lo mas gracioso de todo es que habían cruzado el Atlántico sin darse cuenta. ¡Todo un océano!

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Pezuñas

Bonifacio Glumen miraba con admiración las suaves colinas que le rodeaban. Grandes campos de centeno cubrían el suelo hasta donde podía observar… o no… Al fondo parecía que habia una pradera… y alguien que tomaba el sol…

Bonifacio fue de inmediato a dar parte al edil, podían preguntar a aquellas gentes sobre que dirección tomar para ir al mar.

- Seguro que podemos preguntarles a esas amables gentes por la localización del mar - dijo Bonifacio - vestiré mi mejor toga roja y haciendo uso de la diplomacia, sin duda nos pondrán camino del mar mas cercano.

Los gluglucitos aplaudieron con énfasis. Si alguien sabia de relaciones diplomáticas, ese era Bonifacio.

Así pues, seis mil gluglucitos, vestido con la toga roja de la diplomacia (todos los gluglucitos saben que el rojo es el color de la diplomacia por excelencia) se dirigieron a la pradera.

Para animar el paseo, el gluglucito cantor cantó aquella canción que tan bien se sabia ya la tribu:

- Somos seis mil gluglucitos, somos seis mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

Al llegar a la pradera vieron a los habitantes que había mencionado Bonifacio. Eran negros y cornudos. Otros blancos con manchas negras. Pero todos ellos pastaban distraídamente en la pradera.

- Saludos seres cornudos, somos los gluglucitos y buscamos el mar - dijo Bonifacio - y con voluntad de agasajaros y no faltar a la cortesía de las leyes de la hospitalidad, os vamos a interpretar un baile como prueba de amistad.

La vaca más cercana le miro con mirada vacuna mientras mascaba una brizna de hierba.

Bonifacio se puso a bailar y saltar. Haciendo aspavientos y giros.

Los toros alzaron la vista ante tanto jaleo. Y, ciertamente, el baile no obtuvo el resultado esperado. Los toros no son muy amantes del rojo. Y es que todos los vacunos saben que el rojo simboliza la violencia y el insulto, no la buena disposición a la negociación. Pero lo mas grave era que agitaran mantos rojos en sus narices, el mayor y mas impopular de los insultos. Así, en una reacción aprobada por todos los toros presentes, cargaron contra aquellos diminutos seres que pretendían ofenderles.

Cinco mil gluglucitos consiguieron poner suficiente tierra de por medio entre ellos y los sanguinarios toros. Los otros mil, acabaron pisoteados y corneados brutalmente. Bonifacio no entendía nada entre cornada y cornada. Y sin entender nada, se apago su vida.

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El viejo y el mar

Cinco mil gluglucitos deambulaban por tierras desconocidas buscando el mar. Su periplo empezaba a hacerse triste. La mitad de la tribu había perecido en la búsqueda. Así que, cabizbajos, siguieron buscando el mar. Al rato de caminar, encontraron a un viejo sentado en una roca. Se masajeaba los pies desnudos mientras fumaba de su pipa.

Lawrence de Glabia se acerco con animo de preguntar.

- Saludos amable anciano. ¿Podría indicarnos donde encontrar el mar?

- Claro pequeño amigo - dijo el anciano - durante muchos años he sido pescador. Y a diario he salido a faenar con mi barca. No esta muy lejos. Viendo el tamaño de vuestras piernas diría que a un par de jornadas.

- Oh! - dijo Lawrence - Estamos cerca. ¿Como lo distinguiremos?

- Fácil, antes de llegar al mar, tenéis que encontrar la playa. Y la playa la reconoceréis porque es un montón de arena junta.

Y así, los gluglucitos, felices de nuevo empezaron a cantar:

- Somos cinco mil gluglucitos, somos cinco mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

Y se fueron dejando al viejo con sus callosidades. El viejo les grito que iban en dirección opuesta, pero la algarabía del grupo silencio la advertencia.

Lawrence, al frente del grupo, abría la marcha con dirección al mar. Pasaron las dos jornadas, y a estas les sucedieron otras dos. Y el mar no aparecía.

Finalmente, al anochecer de la quinta jornada vieron la playa. La reconocieron porque había un montón de arena junta. La alegría se propago entre la tribu.

Al día siguiente empezaron a cruzar la playa.

Pero esta playa era mas grande de lo previsto, y muy calurosa. Pasaron un par de días entre dunas y arena sin ver el menor indicio del mar. Pronto, el calor y la sed empezaron a hacer mella en los gluglucitos mas débiles. Mil gluglucitos murieron al calor del sol del desierto. Lo ultimo que vieron los vidriosos ojos de Lawrence antes de morir, fueron las patas de un camello.

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Gladiadores

La caravana del esclavista recogió a los gluglucitos que aun respiraban de las arenas del desierto. El mercader de esclavos sonrió ante lo que iba a ser un buen negocio. Cuatro mil gluglucitos para vender en las diferentes ciudades que debía visitar. Los gluglucitos eran seres difíciles de encontrar, y, por esos, estaba seguro que podría sacar un buen precio por ellos.

Cuando la tribu despertó de la inconsciencia, los gluglucitos se dieron cuenta de que estaban encerrados en una jaula. Gluglustaco fue el primero en darse cuenta de que estaban presos por un mercader de esclavos. La situación no era buena, pero el indómito Gluglustaco empezó a planear el modo de liberar a la tribu.

Lo mas importante era estar unidos y mantener la moral alta, así que le pidió al gluglucito cantor que entonar la canción sabida por todos.

Y el gluglucito cantor así lo hizo.

- Somos cuatro mil gluglucitos, somos cuatro mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

La tribu entera canto la canción y pronto los ánimos mejoraron. Momento que aprovecho Gluglustaco para explicar su plan.

- Escuchadme hermanos y hermanas. Cuando lleguemos al próximo poblado, intentaremos escaparnos. Para ello debemos estar unidos y golpear todos a la vez. Unos cuantos crearemos una distracción para atraer la atención del esclavista, momento que el resto debe aprovechar para huir. Los valientes que se queden conmigo, lucharemos por la libertad de la tribu, aunque nos cueste la vida.

Los gluglucitos clamaron excitados ante el discurso de su libertador. Mil fueron los gluglucitos que se ofrecieron voluntarios para la lucha. Los demás, dirigidos por el edil, escaparían y se pondrían a salvo. Una vez a resguardo, mirarían de ayudar a los luchadores.

*****

La oportunidad no tardo en llegar. Al día siguiente la caravana se planto a las afueras de una ciudad. El mercader dispuso la caravana para que los curiosos se acercaran a ver sus mercancías. Cuando uno de los curiosos le pidió que le mostrara los gluglucitos, este abrió la jaula.

Como una riada, los mil luchadores de Gluglustaco se lanzaron sobre el y empezaron a morderle y pellizcarle. El edil no perdió el tiempo y dirigió al resto hacía la ciudad.

El mercader daba manotazos por todos lados intentando zafarse de los gluglucitos. Estos, eran muchos, pero muy pequeños. Y uno tras otro iban cayendo aplastados por los manotazos del esclavista.

Finalmente, solo Gluglustaco resistía vivo. Pero fue apresado por el mercader.

El mercader, furioso, empezó a estrujarlo con la intención de matarlo. Pero a Gluglustaco aun le quedaron fuerzas para decirle:

- Volveré… y seremos millones.

Y así murieron Gluglustaco y sus mil valientes.

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Neones

El edil y el resto de la tribu entro en la ciudad. Los gluglucitos jamas habían estado antes en una ciudad. Les asombro el bullicio de gente por las calles. Los grandes edificios de hormigón y cristal se les hacían inconcebibles. Ellos estaban acostumbrados al campo y al bosque.

El gluglucito cantor, queriendo animar a la tribu, empezó a cantar aquella canción que dice:

- Somos tres mil gluglucitos, somos tres mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

La tribu se animo con el cántico, pero se quedaron perplejos al ver que los habitantes de la ciudad no les hacían ningún caso.

La gente no se fijaba en ellos, simplemente iban de un sitio a otro a paso rápido, esquivando zapatos y afilados tacones. Los gluglucitos estaban en estado de choc. Y no tardaron en separarse involuntariamente los unos de los otros.

Uno de los grupos que se disperso fue el del edil, que tomo rumbo sur con mil gluglucitos.

El otro grupo, compuesto por dos mil gluglucitos, avanzaba por entre las calles dirección al centro.

Estos se sentían fascinados por los neones que colgaban por todos lados. Las luces lo inundaban todo. En algunas se veían representadas figuras femeninas, en otras letras seguidas por multitud de equis. Tras una breve discusión, mil gluglucitos decidieron entrar en uno de estos antros lumínicamente rotulados.

Casualmente, eran mil gluglucitos macho. Al entrar, encontraron que la iluminación dejaba mucho que desear en comparación a la que ofrecían desde la calle. Pero no se amedrentaron y avanzaron por el oscuro pasillo hasta dar con un puerta. Tras flanquearla, vieron un sillón y un cristal con un cortina. Los mil gluglucitos se distribuyeron por el sillón y esperaron a ver que pasaba.

Cuando se descorrió la cortina, mil gluglucitos murieron por un ataque al corazón. Tantas curvas son peligrosas.

*****

Mientras, en el exterior, los otros mil gluglucitos, cansados de esperar se fueron adentrando en la ciudad. Pronto vieron lo que les pareció un río, pero no de agua. Centenares de carros, que se movían sin buey alguno que tirara de ellos, iban arriba y abajo como un río de turbulentas aguas.

Al otro lado, vieron al edil y al resto de la tribu que les hacían señas para que se reunieran con ellos.

Contentos por ver a sus amigos, se dispusieron a cruzar mientras cantaban el celebre tema del gluglucito cantor, que por cierto, se encontraba al otro lado junto al edil.

- Somos dos mil gluglucitos, somos dos mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos.

Para asombro de todos, mil gluglucitos cruzaron por la avenida mas importante de la ciudad sin esperar al semáforo. Y, aunque el azar existe, no hay tanto en el mundo como para evitar una masacre por cruzar sin mirar a banda y banda.

Mil gluglucitos fueron pisados, destripados, arroyados y aplastados ante los incredulos ojos del edil y sus mil camaradas.

¡Ahora que hemos encontrado la playa! - pensó el Edil.

Y es que al sur de la ciudad, se encontraba el mar. El cual reconocieron por tener mucha agua y por estar junto a la playa.

.

Al fin, el mar.

Los gluglucitos estaban junto a la playa. Al fondo se veía el mar. Pese a todas las penurias pasadas, el objetivo estaba al alcance de la mano. Mil gluglucitos, dirigidos por el Edil Finegan O’gluci, se prepararon para cruzar la playa y llegar al mar.

- ¡Gluglucitos! - dijo el edil - Ahí esta el mar. Vayamos hacia el.

Y todos a la vez corrieron hacia el mar mientras cantaban la siguiente canción:

- Somos mil gluglucitos, somos mil glugluciots, los glu-glucitos, los glu-glucitos, atravesaremos montañas, llegaremos hasta el mar, los glu-glucitos, los glu-glucitos

La alocada carrera no salió como tenían previsto. La arena se iba tragando a los gluglucitos. A unos antes que a otros. Muchos no llegaron ni a la mitad de la playa. Otros, cubrieron tres cuartas partes del trayecto antes de quedar hundidos en la arena. Finegan O’gluci, se perdió entre la arena a tan solo un par de metros del mar.

Cuando el gluglucito cantor llego a linea de mar, se giró para descansar y esperar al resto de la tribu. Pero cuando se giró, solo vio la arena de la playa.

Comprendiendo el trágico final de su gente, se encaro triste hacía el mar. Solo quedaba él. A él le correspondía ser el estandarte de los caídos y llegar al mar. Un mar que solo estaba a dos pasos de gluglucito.

Así que, tomo aire, y canto a pleno pulmón mientras daba los últimos pasos:

- Soy un gluglucito, soy un gluglucito, ¡Un gluglugluglu…

FIN

A la madre de los gluglucitos, con cariño ;).

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Els estels et mirem,

et mirem i ens en riem.

Que insignificant que ets,

que insignificant que ets.

Només perdem un segon

del nostre temps a contemplar-te,

a riure’ns de tu.

Ets tan minúscul,

tan poca cosa a l’ombra

del temps,

del temps immemorial

al qual nosaltres pertanyem,

que ens fa gràcia el teu patiment.

El teu minúscul patiment.

El pes dels eons no ens afecta,

mentre que a tu

aquesta quantitat de temps et sembla desorbitada.

Que petit, que petit ets!

No veus que el teu sofriment és mes fatu

que la nostra llum?

No ens fixaríem en tu si no fos

perquè d’algú ens hem de riure!

Miserable! Que tot et pesa,

per nosaltres no ets res!

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En Cobi portava una barba de deu dies. També feia un mes ben bo que no es dutxava. Certament, l’únic que feia era beure, llauna darrera llauna, assentat davant del televisor.

De tant en tant ho feia amb la Petra. Després de fotre un clau, es miraven la tele i ell recordava i parlava dels vells temps. Del noranta dos.

A la Petra no semblava importar-li massa el passat, potser perquè era sorda i no s’assabentava de res del que li deia el Cobi. Ni tan sols quan ell li deia que era una puta yonki subnormal.

Com un ser tan mediàtic com ell havia acabat en aquella situació?

Al noranta dos, ell partia el bacallà. Ara l’únic que partia eren les postures de haixixs per treure’s un quartos al parc de la Ciutadella.

I la Petra? La puta yonki subnormal. Ja era lletja quinze o setze anys enrere, però ara… i com que no tenia braços, no podia ni fer-li una palla.

Ell es mereixia mes que això. I no pas una nevera buida, una subvenció de quatre-cents euros i un pack de birres del super.

Va fer fora a la Petra. Ella va marxar sense adonar-se’n del perquè. Però tan li era. Anava massa col·locada com per a importar-li. Tan li era dormir en un catre de llençols acartronats com en un caixer entre cartrons allençolats. La ferum a orins era la mateixa.

En Cobi va encetar un altra llauna i va canviar de canal. No volia acabar com el seu col·lega Snoopy. Al malparit l’havia perdut la cocaïna. I va acabar la seva vida com l’havia viscut. Panxa amunt. Nomes que amb tres punyalades al ventre.

A la tele feien un d’aquells programes de merda i famoseo. Personatges degradats i miserables s’arrossegaven pel plató a canvi d’uns grams de coca. A ell no el volien ni per a això. Ja ningú el recordava. La seva història de merda no es venia ni al programa d’Ana Rosa.

Va buidar la llauna sense ni adonar-se’n, així que decidir obrir-ne un altre. Però a la nevara ja no en quedava cap.

Puta vida. O millor dit, quina vida mes gossa.

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Vet aquí un gat

que tres potes tenia

i nit rera nit

per la lluna planyia

.

S’enfila ven alt

i amb l’urpa provava

però la lluna distant

no ho aprovava

.

La lluna és tan amunt

que al gat desconsola

i nit rera nit

la mira i miola

.

Plora i miola

que lluny és la lluna

plora i miola

que lluny és la lluna

.

Quin patiment

per tan trist animal

el que no troba a la terra

ho busca allí dalt

.

Nit rera nit

el gat es va plantejant

qui allí dalt

se l’estarà menjant

.

Fins que la lluna

no hi és una nit

i deixa al gat

tot compungit

.

Plora i miola

on és la lluna

plora i miola

on és la lluna

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