Arxiu de May 2010

Restaba sentado en una silla de oficina que había visto tiempos mejores. Estaba destartalada y se le salía la espuma por los cien mil descosidos que esta tenia. No era mucho mejor la imagen de su ocupante. Mal afeitado, con ojeras, con una sucia y raída bata que dejaba entrever unos calzoncillos boxer.

Estaba sentado ante la pantalla del ordenador. Tecleando y destecleando una y otra vez frases sin ningún sentido. Al menos, sin ningún sentido que le pareciese destacable.

Era algo así como un protoescritor, que siempre se quedaba en el proto de la escritura. Tenia muchas cosas que decir, pero no sabia como. Quizás se debiera a que nadie parecía querer departir de los temas que el gustaba de filosofar.

Aburría a la gente con sus opiniones y sus disquisiciones. Estas ultimas, eran tan gravemente observadas desde todos los ángulos posibles, que le era imposible determinar una resolución justa. Y, claro, nadie se paraba a observar nada mas allá de su propio punto de vista. Por eso, por lo pronto, lo censuraban a base de bostezos redundantes y prolongados.

Así que, por las noches, se sentaba delante de su ordenador y ejercía su terapia diaria. Tratar de poner en orden sus ideas a través de la escritura. El ordenador, por no tener capacidad de raciocinio, no distinguía entre diversión y hastío, por lo que no debiera de bostezar. Si bien es cierto que, en alguna ocasión, se apagaba o reseteaba. Quien sabe, quizás tuviera algo de positronico en sus circuitos que le conminara a emular un bostezo digital ante las fatigosas parrafadas que recibía a diario.

De vez en cuando, si el ordenador estaba demasiado perezoso para la tarea de aguantarle, abría la ventana de su habitación y salía volando de su cuerpo.

Abandonaba la complicada realidad y se lanzaba a la sencillez de una noche clara y estrellada. Volaba lejos de las nubes de contaminación y del cielo irradiado por las luces eléctricas. Se sentaba en la cumbre mas alta de la primera cordillera que encontraba y simplemente miraba al cielo.

Se quito la bata ya que sentía calor. Y eso le sorprendió. Primero porque volvía a estar en su silla de oficina desvencijada y, segundo, porque sabia que arriba de una cima el clima era frío. Rió con sorna. Su imaginación tampoco funcionaba como debiera.

La pantalla se había apagado. Seguramente el ordenador, cansado de esperar el tecleo del teclado, había decidido echar una cabezadita.

Miraba con ojos vacuos la pantalla, mientras con la mano derecha se masajeaba la bolsa escrotal. Y no lo hacia por libidinosa complacencia, sino por tener la mano ocupada en algo mientras pensaba.

Y es que eso era lo único que se le daba bien. Pensar. Si le pagaran por pensar, sin duda alguna, seria rico. Muy rico. Porque a la hora de pensar hacia horas extraordinarias. Empezaba a pensar muy de mañana, talmente antes de que sonara el despertador. Y seguía pensando mientras desempeñaba otro oficio en el que no se requería discurrir. Luego comía en silencio mientras cavilaba. De este modo, por la tarde, le sobraban unas cuantas horas para seguir elucubrando sus estimaciones.

De hecho, en una ocasión vio un anuncio en un diario que decía “se buscan pensadores”. Tras aceptar el oficio por teléfono, se paso un par de semanas rellenando el comedero de las gallinas en una granja.

En ocasiones se sentía como Zeus a punto de dar a luz de su cabeza. Como si una idea altiva y poderosa estuviera a punto de abrirse paso hacia el exterior de su cráneo. En una ocasión así lo creyó. Un bulto tras su oreja le hizo creer que Atenea estaba por nacer, pero resulto ser un quiste sebáceo.

Por un tiempo estuvo deprimido por este motivo. Llego a creer que todo lo que podía emerger de su cabeza tenia que ser, forzosamente, líquido seroso. Pero, excretadas esas ideas, acabo por pasar el trauma.

Finalmente un día, viendo una película, tuvo una idea.

Se taladró la cabeza.

Il·lustrat per Armand

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